Recuerdo que caminaba aprisa; se me hacía tarde. Avancé varias calles entre la gente, esquivando grupos de personas que ralentizaban mi paso. Antes de llegar a la cuesta que desciende a la avenida principal, me detuve a observar a un hombre que leía una historia; desde unos pasos atrás llamó mi atención y la de la multitud que ya lo rodeaba. Apenas reparaba en ese instante cuando una mujer se paró a mi lado izquierdo. Se me hizo conocida y me dijo algo a lo que no le presté la debida atención. Al voltear para disculparme por mi descortesía, te vi junto a ella.
Tomado de su brazo, me extendiste un saludo. Te di mi mano y la llevaste a tus labios; rozaste sutilmente la punta de mis dedos. Apenas pude sentir tu aliento sobre mis uñas, e incluso percibí tu mirada sin ver tus ojos. Al levantar la vista, dejaste escapar apenas una sonrisa y yo ya me estaba yendo.
Iba camino abajo por una calle angosta, empedrada, adornada por casas de vivos colores que eran admiradas por los asiduos transeúntes, cuando escuché que gritaste mi nombre. Estabas tres o cuatro pasos atrás de mí y, al alcanzarme, tus palabras fueron:
—Regresa, quédate, Claudia se fue y yo vine tras de ti.
Tuve que tragarme todas y cada una de mis palabras, miradas y emociones para seguir caminando. Escuché que insististe: «Espera, no te vayas». Yo, simplemente, no podía deshacerme de la sensación de tu aliento sobre mi mano, de tus labios sobre la punta de mis dedos. Te dejé atrás mientras caminaba entre una especie de realidad y sueño; aún podía sentir tu respiración, oler tu aroma.
Llegué al final de la calle, crucé la avenida principal; era casi el atardecer y aún no había llegado a mi casa. Caminaba por inercia entre el recuerdo y la realidad; sentía, no quería dejar de sentir tu mirada sobre mi mano, tu respiración y tus labios, el ligero toque que me hacía sonreír.
Como si alguien me persiguiera, llegué agitada a mi casa. Mi casa: la tranquilidad de ese lugar del que no te vas.
«Dime en dónde estás. La sensación de tocarte me hace querer encontrarte».
Estoy detrás de ti, ahora mismo te estoy viendo. Me esperas junto a ese frondoso árbol y voy acercándome. Tomaste mi mano y me camuflo entre la sombra de las ramas y los ligeros rayos de sol que traspasan sus hojas. Hueles mi cabello y, por unos minutos, me desvanezco en el silencio escandaloso de tu presencia. Eres tú, siempre eres tú.
Pero estás tan cerca de mí y aún así me huyes, tiemblas. Nunca nadie me hizo regresar por tantos besos. Eras tú: cabello oscuro, espalda fina. Me acerqué y te besé; juro que saliste de ahí tomada de mi mano y caminamos varias calles hasta que te dejé, para poder encontrarte otra vez.
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