Foto Cortesía 

Hay días que parecen una sola actividad interminable. Despertamos revisando mensajes, desayunamos pensando en la primera junta, terminamos una llamada y entramos inmediatamente a otra. Comemos mientras contestamos algo, vamos camino a casa resolviendo pendientes y cuando finalmente llegamos físicamente a otro lugar, una parte de nosotros sigue trabajando en lo que ocurrió varias horas antes. No necesariamente porque queramos vivir así. Muchas veces simplemente nunca existió un momento en el que una cosa terminara antes de que comenzara la siguiente.

Por eso me llama tanto la atención esa frase que repetimos cuando estamos saturados: “necesitaría que el día tuviera más horas”. Todos la hemos pensado alguna vez. Sin embargo, sospecho que si mañana nos regalaran una hora adicional probablemente terminaríamos llenándola exactamente igual: otra llamada, otro pendiente, otro correo, otra actividad. Quizá parte del problema no está únicamente en cuánto tiempo tenemos, sino en la manera en la que habitamos ese tiempo.

Tenemos una enorme capacidad para cambiar de contexto en cuestión de segundos. En el mismo teléfono podemos pasar de una conversación laboral a un grupo familiar, revisar el banco, responder un correo, abrir una red social y regresar a una conversación personal. La tecnología hace ese recorrido sin dificultad. Nuestra atención no necesariamente cambia de contexto con la misma velocidad. Muchas veces una parte de lo anterior continúa con nosotros mientras ya estamos intentando ocuparnos de lo siguiente.

Entonces comenzamos a arrastrar actividades. Una junta entra mentalmente a la siguiente. Una discusión de la mañana se sienta con nosotros a comer. Un problema del trabajo llega a casa y una preocupación personal aparece a mitad de una reunión. Poco a poco sentimos que todo está sucediendo simultáneamente, aunque en realidad cada cosa ocurrió en un momento distinto.

Una de las ideas que trabajo dentro de M·T·M tiene que ver justamente con recuperar esas transiciones. No necesitamos convertirlas en una ceremonia. Pueden ser dos minutos. Terminar una reunión, levantarnos de la silla, respirar, mover el cuerpo y después entrar a la siguiente. Quedarnos un momento en el coche antes de abrir la puerta de casa. Cerrar la computadora y no agarrar inmediatamente el teléfono. Son pausas pequeñas que prácticamente no modifican el calendario, pero sí pueden modificar la manera en la que llegamos a lo siguiente.

Me gusta pensar en ellas como pequeñas puertas durante el día. Esto terminó. Ahora empieza aquello. Puede sonar demasiado simple para considerarlo una herramienta de bienestar, pero quizá ahí está precisamente su utilidad. Las prácticas que solamente funcionan cuando tenemos una hora libre, un espacio silencioso y ninguna responsabilidad pendiente son difíciles de sostener para una persona que lleva una vida normal. En cambio, todos tenemos momentos de transición, aunque duren treinta segundos.

Antes de bajar del coche, después de colgar una llamada, mientras esperamos un elevador, al terminar una reunión o justo antes de abrir la puerta de nuestra casa podemos detenernos brevemente y reconocer dónde estamos. No se trata de negar lo que pasó ni de obligarnos a olvidar un problema. Si algo necesita nuestra atención más tarde, ahí seguirá. La diferencia es dejar de cargarlo de manera automática dentro de cada actividad posterior.

Durante muchos años he explorado la meditación precisamente desde ese lugar. Nunca me ha interesado verla como una forma de escapar de la vida, sino como una posibilidad de estar más disponibles para ella. Poder estar en una conversación mientras estamos en esa conversación. Comer mientras comemos. Escuchar cuando alguien nos habla. Trabajar cuando estamos trabajando y, en la medida de lo posible, llegar a casa cuando llegamos a casa.

Decirlo parece obvio. Hacerlo no siempre lo es.

También hemos normalizado la idea de que estar ocupados permanentemente significa estar aprovechando el tiempo. Los espacios entre actividades parecen huecos que necesitamos llenar. Sin embargo, quizá sean justamente esos espacios los que permiten que una parte del día no se mezcle completamente con la siguiente.

No necesitamos abandonar nuestras responsabilidades ni imaginar una rutina perfecta. Hay días que serán caóticos, semanas especialmente complicadas y momentos en los que simplemente no podremos hacer una pausa. La propuesta no es añadir otra obligación a la agenda. Es descubrir que ya existen pequeños espacios dentro de ella y empezar a utilizarlos de otra manera.

Tal vez no necesitamos encontrar una hora escondida en algún lugar del día. A lo mejor necesitamos recuperar unos cuantos minutos que siempre estuvieron ahí, pero que aprendimos a llenar inmediatamente. Porque cuando todo comienza sin que nada termine, hasta un día relativamente normal puede sentirse interminable. Aprender a cerrar no hará desaparecer nuestros pendientes, pero puede ayudarnos a dejar de vivir todos ellos al mismo tiempo.