Durante la guerra de Independencia, las mujeres no fueron solo víctimas o testigos; actuaron como protagonistas decisivas en el movimiento insurgente a través de diversas labores estratégicas.


Cuando pensamos en la Independencia de México, el imaginario colectivo evoca de inmediato a figuras masculinas como Miguel Hidalgo, José María Morelos o Ignacio Allende. Sin embargo, la historia oficial ha mantenido bajo la sombra la participación crucial de las mujeres en este movimiento armado.

Para revertir este sesgo histórico, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México (INEHRM) organizó la conferencia “Mujeres y Guerra: la participación femenina en la Independencia de México”, impartida por la historiadora de la Universidad Nacional Autónoma de México Áurea Dominga Ávila Rojas; la ponencia busca visibilizar las diversas experiencias femeninas y otorgarles el reconocimiento que por años se les ha negado.

El despertar político y las tertulias

La irrupción de las mujeres en la insurgencia no fue espontánea. Tras la invasión napoleónica a España en 1808 y la consecuente crisis de la monarquía, las mujeres —particularmente las criollas— comenzaron a interesarse profundamente en la política.

Su primera forma de acción fue como conspiracionistas, utilizando la fachada de las tertulias y reuniones sociales, tejieron redes de apoyo clandestinas para impulsar los movimientos autonomistas que más tarde darían paso a la guerra de Independencia. Más allá de María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón —conocida popularmente como Josefa Ortiz de Domínguez o «La Corregidora»— es el más famoso, el movimiento contó con muchas otras mentes brillantes en la sociedad valladolidense.

Figuras como María del Carmen Fernández Barrera y María Josefa de la Riva fueron piezas fundamentales en la Conspiración de Valladolid de 1809.Gracias a su posición social privilegiada, estas mujeres tuvieron acceso a la educación y a información política de primera mano a través de sus lazos matrimoniales.

Lejos de ser espectadoras pasivas, entendieron a la perfección el contexto de su época y defendieron con convicción la idea de que la Nueva España debía gobernarse por sí misma.Visibilizar sus nombres y sus estrategias no solo enriquece la historia patria, sino que hace justicia a las mujeres que arriesgaron su estatus y su vida por la libertad del país.

Durante toda la lucha insurgente se sostuvo una sólida red de resistencia femenina que desafió las normas sociales impuestas por el régimen colonial. Siempre impulsadas por el deseo de terminar con la desigualdad, mujeres de todos los sectores sociales se organizaron en diversos frentes:
    • Rompiendo los moldes coloniales: María Josefa Martínez dirigió tropas rebeldes portando vestimenta masculina, mientras que María Manuela Medina («La Capitana»), una mujer indígena de Taxco, se unió al ejército de Morelos y rompió barreras al alcanzar un rango militar oficial.
    • Redes de información y propaganda: Leona Vicario y Margarita Peimbert operaron de forma clandestina el espionaje y los mensajes rebeldes. Paralelamente, Antonia Peña arriesgó su vida trasladando la imprenta que dio voz ideológica al movimiento.
    • Entrega y sacrificio comunitario: Antonia Nava de Catalán demostró un compromiso absoluto al ofrecer a sus hijos a la causa. En el ámbito civil, comerciantes como María Luisa Martínez usaron sus negocios para espiar a los realistas, pagando su audacia ante el paredón de fusilamiento.
    • Justicia comunitaria armada: En Oaxaca, un contingente de mujeres con palos y machetes asaltó las prisiones reales para liberar a los hombres encarcelados, inmortalizando los nombres de Pascuala, Pioquinta, Cecilia y Ramona.

La represión del Estado colonial fue brutal y con un marcado sesgo de clase. Mientras las mujeres criollas eran confinadas en conventos, las indígenas y mestizas sufrieron trabajos forzados, encierros insalubres y ejecuciones públicas donde sus cuerpos eran exhibidos como escarmiento. Incluso, se documenta la captura masiva de 300 mujeres por orden de Agustín de Iturbide para desmantelar el tejido social insurgente.
Consumada la Independencia, el sistema obligó a la mayoría a regresar al silencio de los roles domésticos como esposas y madres, postergando su igualdad política por décadas. Este esfuerzo social busca romper ese vacío histórico y poner rostro a las incontables mujeres sin nombre que sacrificaron su paz, su hogar y su vida para construir una nación libre.