Foto Tonanzi Granados.

El running tiene la capacidad de transformarse según el suelo que pisa, pero pocos escenarios desafían tanto como un autódromo. Correr en un circuito de carreras es una oportunidad que forja carácter y define al adidas Run the Circuit como un reto deportivo de élite, ideal para el runner que busca sortear las exigencias técnicas de la pista antes de llegar a la meta.

El pasado sábado por la noche, se llevó a cabo la segunda edición del adidas Run the Circuit 2026 en el Autódromo México Drive Resort, demostrando que correr sobre un circuito de carreras es una experiencia que invade de adrenalina los cinco sentidos, exigiendo una resistencia que va más allá de las piernas.

A simple vista, un autódromo parece la pista ideal para un corredor por su asfalto liso y perfecto. La realidad es que cada metro está diseñado para la física de un auto, no para la biomecánica humana. Por ejemplo, las curvas presentan un peralte inclinado pensado para contrarrestar la fuerza centrífuga de los motores a alta velocidad. A pie, esa inclinación lateral se convierte en un reto constante de estabilidad requiriendo más fuerza en los tobillos y las rodillas.

A esto se suman las rectas que parecieran interminables: anchas, despejadas y carentes de referencias urbanas, sin edificios ni público que distraigan la mente, genera un efecto óptico que hace sentir que avanzas lento, por lo que mantener el ritmo cuando la siguiente curva se vislumbra a un kilómetro de distancia requiere poner un extra de  fortaleza mental.

Una atmósfera mística y poderosa 

Al desafío de supervivencia deportiva se sumaron las condiciones climáticas. En San Miguel Ameyalco, Estado de México, al anochecer, el termómetro marcaba los 8 °C, pero las ráfagas de viento superiores a los 23 km/h desplomaron la sensación térmica a los 5 °C. Sin estructuras urbanas que frenaran la corriente, para los atletas las pendientes actuaron como rampas aerodinámicas bajo un «Efecto Venturi» implacable. En las bajadas, el impacto del aire helado se duplicaba, cortando la respiración; en las subidas, el viento en contra se sentía como empujar una pared invisible,

Sin embargo, este mismo fuerte y helado aire trajo consigo algo espectacular. El autódromo está rodeado por bosque, y las veloces ráfagas generaban un rugido imponente al pasar entre las ramas, logrando una acústica inesperada. Al quedar la pista envuelta en la penumbra, la falta de luz artificial obligó a agudizar los sentidos y a confiar plenamente en el oído. Fue ahí donde la hostilidad del clima mutó emulando el eco de los motores que usualmente habitan el lugar y en una porra natural que aplaudía y silbaba con cada ráfaga de viento.

En las competencias urbanas donde estamos acostumbrados a correr con audífonos, música y entre el bullicio y apoyo de las personas; prescindir de estos sonidos permitió escuchar la banda sonora de la naturaleza. Y al usar el susurro del bosque como único metrónomo transformó la ruta en un acto casi meditativo con una atmósfera mística y sumamente poderosa.

El jardín 

El broche de oro para este atractivo reto deportivo fue «El Jardín». Pasar del frío extremo y el viento en contra a un espacio cálido, lleno de música y celebración, redondeó una velada singular. Más allá de la excelente logística, lo que elevó el evento fue su factor humano. La amabilidad del personal encargado de entregar las recompensas fue excepcional. El adidas Run the Circuit demostró que el running supera la barrera del cronómetro: se trata de la atmósfera, el entorno que te acompaña y el festejo posterior con una comunidad que te cuida desde la salida hasta la meta. Por eso es que todo runner debe desafiar el circuito de adidas al menos una vez.