Magos Herrera en la FIL Zócalo 2026. Foto: Magos Herrera/Instagram

Hay voces que no se olvidan. Permanecen en la memoria mucho después de que termina un concierto, como si sus notas encontraran un lugar donde quedarse. La de Magos Herrera es una de ellas.

La primera vez que la escuché en vivo fue hace más de diez años, en el Teatro Esperanza Iris de la Ciudad de México. Vestía un traje largo y holgado, estaba descalza y la acompañaban apenas tres músicos. No hacía falta más. Había algo de libertad en aquella imagen: sus pies desnudos sobre el escenario, sus brazos que parecían flotar como aves y una voz poderosa que estremecía cada rincón del recinto. Desde entonces, su música quedó asociada a ese recuerdo.

Por eso, cuando supe que se presentaría en la XXVI Feria Internacional del Libro (FIL) 2026, en el Zócalo capitalino, la emoción fue inevitable. Era domingo por la mañana, todavía no llegaba el mediodía y el Foro Federico García Lorca lucía lleno. No era la única persona que esperaba escucharla.

Magos Herrera volvió a conquistar al público desde la primera canción. Esta vez vestía una túnica blanca y sandalias; a su lado estaban sus tres músicos: piano, contrabajo y batería. Más de una década después, conservaba aquella esencia que había descubierto en el Esperanza Iris: una presencia libre, una interpretación intensa y una voz capaz de convertir cualquier espacio en un escenario íntimo.

Su música transitó entre el jazz, el blues y los ritmos latinoamericanos. Su voz, profunda y llena de matices, tenía algo de poesía. Sonó firme a pesar del bullicio de los otros foros y del movimiento cotidiano del Zócalo, ese corazón de la ciudad que nunca guarda silencio.

«No hay muerte, no hay vida, todo se transforma», dijo antes de interpretar Alfonsina y el mar. A unos minutos del mediodía, las campanas de la Catedral Metropolitana comenzaron a sonar. Su repique se extendió sobre la plaza y, aun así, la voz de Magos siguió encontrando su camino.

«Son las campanas más largas que me ha tocado oír», comentó.

Las dedicó a Alfonsina, en alusión a la poeta argentina Alfonsina Storni.

Fue uno de esos momentos en los que la música y la ciudad parecen ponerse de acuerdo. Las campanas, la canción y la voz de Magos se encontraron en medio de la plaza pública más importantes del país, creando una escena difícil de repetir.

El repertorio continuó con Gracias a la vida, de Violeta Parra; Milonga gris, de Carlos Aguirre, y Somos, composición de la propia Herrera. Entre una canción y otra, el público respondía con aplausos, ovaciones y muestras de cariño. La cantante hizo una pausa, visiblemente conmovida, para agradecer la invitación del Gobierno de la Ciudad de México.

«Es una infinita alegría poder compartir con ustedes aquí en el Zócalo», expresó.

También compartió un recuerdo personal: caminar por esas calles de la mano de su madre. «Soy de aquí», dijo, mientras llevaba una mano al pecho. En esa frase había algo más que una referencia a su lugar de nacimiento: estaba el vínculo con una ciudad que forma parte de su historia y que, por unos instantes, también se convirtió en parte de su música.

Nacida el 24 de octubre de 1970, Magos Herrera cumplió 56 años en 2026. Su formación en el Musicians Institute de Los Ángeles fue parte de un camino que la llevaría a construir una carrera internacional, con canciones en español, inglés y portugués. Como cantante, compositora y productora, ha desarrollado un lenguaje propio en cada acorde.

Sus primeros pasos profesionales los dio en México, donde publicó trabajos como Orquídeas Susurrantes (2000), País Maravilla (2002), Todo Puede Inspirar (2004) y Soliluna (2006), este último junto a la cantante Iraida Noriega. En 2008 se trasladó a Estados Unidos y continuó expandiendo sus horizontes artísticos. Desde entonces, su trayectoria ha cruzado escenarios y fronteras, sin perder el vínculo con la música y las raíces latinoamericanas.

A su faceta musical también ha sumado la producción, la composición y una incursión en el teatro. Desde Nueva York, ciudad donde reside, ha conducido el programa radiofónico La Vuelta a la Manzana, transmitido por Horizonte 107.9 FM, dedicado a presentar jazz internacional.

Su trayectoria ha recibido importantes reconocimientos. Fue nominada al Premio Lunas del Auditorio en 2006 y 2009, en la categoría de Mejor Concierto de Jazz del Año. Su álbum Distancia obtuvo una nominación al Grammy en 2009, en la categoría de Mejor Álbum de Jazz Vocal. En 2015 recibió el Berklee Latin Masters Award, por su contribución a la difusión de la música latinoamericana y la creación original. También ha compartido escenarios con figuras como Eugenia León, Mercedes Sosa, Fito Páez y Diego «El Cigala».

Pero más allá de los premios, las colaboraciones y los escenarios internacionales, hay algo que define a Magos Herrera: su capacidad de crear un espacio de conexión con quienes la escuchan. Su música no se limita a la interpretación; invita a sentir, a recordar y a dejarse llevar.

En el Zócalo, su concierto tuvo la calidez del sol del mediodía, la nostalgia de una canción que nos devuelve a algún momento de la vida y la energía festiva de los ritmos que invitan a moverse. Fue una presentación vibrante, pero también íntima, de esas en las que la distancia entre el escenario y el público parece desaparecer.

A pocos días de cumplir 56 años, Magos Herrera mostró que su voz y su presencia conservan una fuerza inconfundible. Al terminar, llegaron las flores, las ovaciones y los aplausos de pie. Conmovida por la respuesta, bajó del escenario y se acercó al público para bailar entre la gente.

Fue entonces cuando el concierto dejó de ser solamente una presentación musical para convertirse en una celebración compartida. La artista, sus canciones y una multitud reunida en el corazón de la ciudad.

Y mientras suena Somos, parece que todo encuentra su lugar: la memoria, las raíces, la libertad y esa energía que solo la música puede despertar. Porque hay artistas que pasan por un escenario y otros que consiguen transformarlo. Magos Herrera pertenece a estos últimos.