
Foto: Tonanzi Granados.
Por: Dra. Dolores Montilla Bravo, Psicoanalista, Psicoterapeuta y Expresidenta de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM).
Para comprender los complejos desafíos de salud mental que enfrentan las infancias y adolescencias en la actualidad, es indispensable adoptar una mirada analítica y retrospectiva. Los fenómenos sociales y clínicos no surgen por generación espontánea; responden a una secuencia histórica y transgeneracional. Así como en la consulta clínica estudiamos cómo los traumas y conflictos no resueltos de una generación estallan en forma de crisis agudas en la tercera o cuarta etapa del árbol familiar, las dinámicas de crianza contemporáneas son el resultado directo de rupturas históricas y sociológicas mal gestionadas.
De la Rigidez a la Permisividad: El Péndulo Histórico
Antes de las décadas de los 50 y 60, el modelo de crianza predominante estaba anclado en el autoritarismo. Los niños obedecían por temor al castigo físico o a la exclusión, metodologías que hoy sabemos que dañan profundamente el desarrollo emocional y la estructuración del psiquismo. La transición hacia los años 70 trajo consigo una necesaria revolución cultural: se cuestionaron las estructuras verticales rígidas, emergió la liberación femenina y se colocó el foco —gracias a las aportaciones del psicoanálisis y la medicina posguerra— en los derechos de las infancias y en la comprensión de su mundo interno.
Sin embargo, el péndulo se desplazó hacia el extremo opuesto. En las últimas décadas, diversas corrientes psicopedagógicas mal interpretadas confundieron la estructura con la rigidez y los límites con la represión. Pasamos de un modelo autoritario a una preocupante confusión intelectual, donde la ausencia de una frustración óptima —concepto fundamental para el desarrollo del aparato psíquico— está impidiendo que las nuevas generaciones edifiquen una personalidad sana, integrada y resiliente.
Los Retos del «México Especial»: Aislamiento Urbano y Pantallas
Cada época (Baby Boomers, Generación X, Millennials y Generación Z) responde a sus propias transformaciones sociológicas. En el contexto de lo que podemos definir como el «México especial», nos enfrentamos a un entorno urbano complejo donde, desde hace poco más de una década, los niños dejaron de convivir y jugar de forma natural en las calles y plazas comunitarias debido a factores de seguridad y urbanismo.
A esto se suma el debilitamiento de la red de apoyo que antaño proveía la familia extensa. En el pasado, la responsabilidad del cuidado, el sostén y la transmisión de los límites se distribuía de manera colectiva entre tíos, abuelos y vecinos. Hoy en día, contar con una red de apoyo externa es un auténtico garbanzo de a libra. Con ambos padres inmersos en jornadas laborales extenuantes y lidiando con los colapsos viales de las grandes urbes, llegar a casa a «sostener un límite» se ha convertido en una tarea titánica que desgasta la consistencia parental.
En este vacío relacional han irrumpido las pantallas. El uso desmedido y no supervisado de dispositivos digitales no solo fragmenta el tiempo familiar, sino que está aplastando la empatía a nivel mundial. El psiquismo humano necesita pausas, aburrimiento constructivo y espacios de silencio para pensar, recapacitar y metabolizar la experiencia; cuando la tecnología hiperestimula y absorbe ese espacio, se anula la capacidad de conectar con uno mismo y, en consecuencia, con el entorno.
El Mito del Trauma por Frustración: La Necesidad de la Función Paterna
Hoy en día impera un mito muy arraigado en la sociedad: la creencia de que frustrar a un niño afectará negativamente su desarrollo o lo dejará traumado. La realidad clínica nos demuestra exactamente lo contrario: la ausencia de una frustración óptima en la infancia es la antesala de severas patologías y traumas en la adultez, en tanto incapacita al individuo para internalizar la ley, respetar la alteridad y tolerar los inevitables reveses de la realidad.
Lamentablemente, observamos una tendencia donde los padres buscan ubicarse en un plano de horizontalidad, asumiéndose como «amigos» de sus hijos. Un progenitor afectuoso debe ser alguien con quien se pueda mantener una comunicación extraordinaria, pero preservando siempre una asimetría clara de autoridad. Si los padres actúan como pares, ¿quién defiende a los hijos de sus propios impulsos?, ¿quién les otorga la certeza de que existe un adulto regulador capaz de protegerlos y guiar los límites del mundo exterior? Los adolescentes no necesitan que sus padres compartan el espacio del centro nocturno a los 17 años bajo la premisa de «llevarse bien»; necesitan adultos que asuman la responsabilidad de su rol formativo.
Esta crisis de autoridad se traslada de manera directa a las instituciones escolares. Es alarmante constatar cómo los docentes han perdido la capacidad de establecer consecuencias regulatorias debido a que los padres, en lugar de respaldar la autoridad escolar, reaccionan con hostilidad y amenazan con denuncias ante organismos oficiales como la Secretaría de Educación Pública (SEP). Al debilitar la figura del maestro, desamparamos el sistema educativo y dejamos al menor sin referentes institucionales éticos.
Hacia una Crianza con Estructura, Certidumbre y Consecuencias
Delegar las funciones de contención en la tecnología o en la inteligencia artificial está generando escenarios preocupantes. En supervisiones clínicas recientes de casos en el extranjero, observamos cómo los algoritmos de los dispositivos móviles terminan imponiendo límites de tiempo y restricciones que ningún adulto en el entorno del joven fue capaz de establecer. Esto nos obliga a una profunda reflexión ética y clínica: ¿cómo es posible que permitamos que un sistema informático asuma la función formativa y de contención que le compete de manera exclusiva a un ser humano?
Para sanar el tejido social y restaurar la salud mental colectiva, es imperativo retornar a una crianza basada en la estructura y la presencia afectiva:
• Consistencia y brevedad: En el trato con niños pequeños, los discursos argumentativos eternos resultan inoperantes. Las explicaciones deben ser cortas, claras y firmes: «Esto se realiza de este modo porque es la regla familiar».
• Internalización de consecuencias: Es fundamental enseñar que los actos que dañan el espacio o la integridad del otro conllevan consecuencias reales. La incertidumbre y las tensiones globales que observamos a escala macro son, en gran medida, el reflejo de esta incapacidad generalizada para operar bajo límites regulatorios.
• Salud mental del cuidador: Los padres necesitan bienestar emocional para ejercer una crianza efectiva. Tomarse pausas, viajar en pareja y liberarse de la culpa no desampara a los hijos, siempre y cuando exista una constante afectiva, disponibilidad psíquica y un lazo de apego seguro en el día a día.
La esperanza de un porvenir social estructurado existe, pero no es viable edificarla desde el caos, la confusión intelectual o la permisividad. La estabilidad emocional de las próximas generaciones depende de nuestra capacidad como adultos para sustituir la incertidumbre actual por una sólida estructura de amor, respeto y límites claros.
Dolores Montilla Bravo
Destacada psicoanalista y psicoterapeuta con más de tres décadas de experiencia clínica y docente en el ámbito de la salud mental de adolescentes, adultos y adultos mayores. De manera institucional, se desempeñó como Presidenta de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM) (gestión 2024-2026), es miembro activo de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) y de la Federación Latinoamericana de Psicoanálisis (FEPAL). Ha sido pieza clave en programas de atención psicológica comunitaria como «Estoy Contigo» y cuenta con una sólida trayectoria en investigación y supervisión clínica de psicoterapeutas en formación.
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