Por Jiangsu Wongpec
Terminamos una junta, cerramos la computadora y casi de manera automática agarramos el teléfono. Salimos de trabajar y ponemos una serie. Llegamos a la cama y, antes de dormir, revisamos Instagram, TikTok, WhatsApp, noticias, correos o cualquier cosa que aparezca frente a nosotros. Después de varias horas trabajando frente a una pantalla, muchas veces nuestra manera de “descansar” consiste simplemente en mirar otra. Y entonces vale la pena hacernos una pregunta bastante sencilla: ¿realmente estamos descansando o solamente estamos cambiando de estímulo?
No tengo nada en contra de la tecnología. Sería absurdo plantearlo así. Forma parte de nuestra vida, de nuestro trabajo, de nuestras relaciones y también de nuestra manera de divertirnos. El problema no es el teléfono ni una plataforma determinada. Lo interesante empieza cuando dejamos de distinguir entre entretenimiento, distracción y descanso, porque no necesariamente significan lo mismo. Podemos pasar una hora viendo algo que nos gusta y sentir que desconectamos de los problemas del día, pero nuestra atención siguió recibiendo imágenes, sonidos, mensajes, historias y pequeñas decisiones durante todo ese tiempo.
Creo que nos hemos acostumbrado tanto a estar estimulados que, cuando aparece un espacio vacío, sentimos inmediatamente la necesidad de llenarlo. Esperamos el elevador y vemos el teléfono. Estamos cinco minutos antes de una cita y vemos el teléfono. Terminamos una llamada y, antes de procesar siquiera cómo nos sentimos, abrimos otra aplicación. Incluso cuando por fin tenemos un momento para nosotros, pareciera que estar simplemente ahí se ha vuelto extraño. No porque exista algo malo en mirar una pantalla, sino porque cada vez dejamos menos momentos en los que nuestra atención no está siendo requerida por algo.
Durante muchos años he explorado la meditación, la respiración, el sonido y distintas prácticas relacionadas con la atención. Una de las cosas que he observado es que muchas personas se acercan a la meditación con una expectativa enorme: creen que necesitan dejar la mente en blanco, permanecer inmóviles durante mucho tiempo o alcanzar un estado extraordinario de calma. En realidad, el primer paso puede ser muchísimo más sencillo. A veces se trata únicamente de recuperar la capacidad de estar un par de minutos sin hacer otra cosa. Respirar. Sentir el cuerpo. Darse cuenta de cómo llegamos a ese momento.
Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre cuando termina la jornada laboral. El cuerpo puede estar sentado en el sillón de la casa, pero mentalmente seguimos en la junta de las once de la mañana, en el correo que no contestamos o en la conversación que tendremos al día siguiente. Entonces tomamos el teléfono para distraernos y, durante un rato, aquello parece desaparecer. Pero distraernos de algo no necesariamente significa haberlo cerrado. Por eso me parece mucho más interesante hablar de transiciones que de desconexión absoluta.
Una transición puede durar dos o tres minutos. Al terminar de trabajar, antes de entrar a otra actividad, podríamos simplemente detenernos. No revisar inmediatamente otra pantalla. Respirar de manera cómoda, caminar un poco, estirarnos, tomar agua, escuchar una canción sin hacer otra cosa al mismo tiempo. No tiene que convertirse en un ritual ni necesitamos ponerle un nombre sofisticado. Se trata de enviar una señal muy sencilla a nuestra propia atención: esto terminó y ahora empieza otra cosa.
Esta idea forma parte de lo que trabajo en M·T·M, un método que integra meditación, respiración, sonido y movimiento desde una perspectiva práctica. Para mí, la meditación tiene poco sentido si únicamente funciona cuando podemos aislarnos durante una hora del mundo. Me interesa mucho más lo que sucede cuando estas herramientas caben dentro de un martes normal, entre una reunión y otra, después del tráfico, antes de entrar a casa o justo antes de dormir.
Quizá no necesitamos declarar una guerra contra nuestros teléfonos ni hacer de la desconexión digital otra obligación más en una lista que ya está demasiado llena. Tal vez basta con recuperar pequeños espacios en los que no tengamos que recibir nada. Unos minutos donde no haya una nueva noticia, un nuevo mensaje o un nuevo contenido esperando nuestra reacción. Porque puede que el verdadero descanso no empiece cuando apagamos la computadora o nos acostamos frente a una serie, sino cuando dejamos, aunque sea durante un momento, de pedirle a nuestra atención que esté en todas partes.
Jiangsu Wongpec es músico, empresario y creador del Método M·T·M (Medita, Transmuta, Manifiesta). Inició su práctica de Meditación Trascendental en 1997 y desde entonces ha explorado distintas técnicas de meditación, respiración consciente, sonido, movimiento y regulación del sistema nervioso. A partir de esa experiencia desarrolló M·T·M como un método progresivo y práctico para integrar estas herramientas a la vida cotidiana.
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