Oliva Rodrigo tiene tres Grammy, récords históricos en Billboard y se convirtió en la primera artista en debutar directamente en el número uno del Hot 100 con los singles principales de sus tres primeros discos: Sour, Guts y el próximo You Seem Pretty Sad for a Girl So in Love, pero nada de eso pareció importar demasiado cuando apareció en Barcelona el pasado 8 de mayo para celebrar su entrada en el Billions Club de Spotify. Internet se quedó pasmado mirando otra cosa: el vestido.

Un babydoll con estampado de flores de la firma turca Génération78 y botas negras de Dr. Martens hasta la rodilla que lucía la estrella. Suficiente para desatar el pánico moral.

“¿Puede Olivia Rodrigo vestir como una estrella del pop normal y dejar de disfrazarse de niña pequeña?”, escribía un usuario en X. “Nunca entenderé a la gente que se viste como un bebé”, decía otro comentario viral.

En cuestión de horas, el vestido había dejado de ser una prenda para convertirse en un campo de batalla ideológico. Revelando la doble moral en pleno 2026.

Porque el babydoll nunca ha sido simplemente un vestido. Es un artefacto cultural. Un detonador. Un espejo incómodo donde la sociedad proyecta todo lo que todavía no sabe resolver sobre juventud, deseo, feminidad y poder. Y quizá por eso el debate alrededor de Rodrigo dice mucho menos sobre ella que sobre nosotros.

“El contexto actual de lectura de los cuerpos ha cambiado, sin duda, pero estamos en una situación de auge de sensibilidades reaccionarias y políticamente conservadoras. Y lo primero que cae cuando sube el moralismo es la libertad sexual de las mujeres y la posibilidad de autodeterminación de sus cuerpos”, explica la docente e investigadora Laura Suárez González de Araújo, que acaba de publicar el ensayo Ser muchas y una íntima desconocida (Ed. Dos Bigotes).

“Un vestido por sí solo no significa nada. Por eso no es la ropa lo que genera polémica, es lo que una prenda oculta y revela del cuerpo que la lleva. Y si ese cuerpo es el de una mujer joven y atractiva, la mecha prende rápido”, añade.

Por eso no es nuevo. La sexualidad femenina, con sus misterios y sus obscenidades, ha sido uno de los temas predilectos del arte moderno y contemporáneo y de la industria del entretenimiento. La rentabilidad de sus fantasías y de sus conflictos es inagotable, y de eso, por cierto, la moda y la cultura pop se dieron cuenta muy rápido. ¿Estamos ante una polémica genuina o frente un nuevo pretexto, con lo sexual femenino de nuevo como argumento, para la generación y difusión masiva de contenido viral en una sociedad que convierte todo en espectáculo monetizable?

La ironía es que quienes hoy acusan a Rodrigo de “infantilizarse” parecen ignorar que el babydoll lleva más de medio siglo funcionando precisamente como una prenda de rebelión. El origen moderno de la silueta se remonta a la Segunda Guerra Mundial, cuando la diseñadora de lencería Sylvia Pedlar empezó a confeccionar camisones más cortos por las restricciones de tela impuestas en Estados Unidos. Lo que nació como una solución práctica terminó mutando en símbolo cultural.

 

Con información y foto de EL PAÍS