Oigan, vengan conmigo,

que vamos a explorar el otro plano.

(Jorge Bucay)

        Allí estaba María. Hay que reconocer que cada vez estaba más guapa esa mujer. Me dijo que me esperaría sentada en la terraza del quiosco modernista de San Telmo hacia las cinco de la tarde. Habíamos quedado allí el 14 de julio para charlar… En tal fecha suena una música callada que nos lleva a los Campos Elíseos y, para mí, que soy medio francesa, es fiesta nacional. Una delicia. Pero no, no tenían nada que ver los galos ni la República Francesa con aquel encuentro entre nosotras, en absoluto. María decía que ese día era su cumpleaños porque celebraba que un 14 de julio se marchó de su casa, y de eso hacía quince años. Volvió a nacer. Y ahora se sentía en plena adolescencia, aunque en realidad, ya rondaba los cuarenta y cinco años.  

        María había tenido una infancia muy bonita en un pueblo donde jugaba con sus cinco hermanos hasta que un día, cuando iba a cumplir los ocho años, sus padres decidieron enviarla a un colegio de monjas para que estudiara. Realizó los estudios de auxiliar administrativa y con diecisiete años se puso a trabajar de cajera en un supermercado. Allí conoció a quien iba a ser su marido, pero como no tenía un sueldo excepcional, las monjas le ofrecieron el puesto de ayudante de cocina y María aceptó por un tiempo. Se cansó y regreso a su casa familiar. Sin embargo, las cosas fueron complicándose. Enfermó su madre y murió a los pocos meses, de manera que ella y su hermana tuvieron que hacerse cargo de los hermanos pequeños hasta que se casó. Tenía sólo veintiún años y entró por las puertas del matrimonio enamorada y convencida de que le esperaba la felicidad con aquel hombre. Ella se engañaba a sí misma, porque desde el principio, hubo malos tratos, incluso antes de casarse.

        Pronto nació su primer hijo, Pablo, y no tardó en llegar el segundo, Juan. Los niños se llevaban dos años. María pensaba que su marido cambiaría con el tiempo, pero la bebida es mala consejera y no hay milagro que se produzca si no se abandona el vicio. Así se le fue gran parte de su vida, entre broncas y palizas. Él también pagaba su ira con los niños. Eso era lo más doloroso para ella. Y fueron creciendo, ya tenían siete y nueve años cuando María llegó al límite y quiso separarse. Se refugió en la casa de su padre, pero aquel bruto le quitó a sus hijos y tuvo que regresar con él para recuperarlos. Fueron tres, tres días interminables, los que se ausentó de su hogar, aunque de nada les sirvió aquella distancia, por mucho que él le jurara enmendarse, no volver a pegarles y abandonar la bebida para siempre. Sucedió todo lo contrario. Los diez años siguientes fueron los peores. Como un rosario de desprecios, cada día le recordaba cada minuto de su huida. Un calvario. Después, enfermó y, mientras duró el tratamiento, la vida se hizo amable, hubo paz, una calma contenida que estalló al poco tiempo, cuando se alió con la bebida por enésima vez. A partir de ese momento, María perdió el rumbo, le daba igual morirse.

        El 14 de julio salieron los tres juntos por la puerta de casa porque así lo habían decidido la madre y los hijos. María, Pablo y Juan no aguantaron más y denunciaron al maltratador. A él se lo llevaron detenido, mientras ella y el pequeño entraron a vivir en una casa de acogida. Su hijo Pablo ya era mayor de edad y se quedó con sus tíos. María tuvo que aprender a vestirse, a maquillarse y a quererse, porque mientras vivía con su ex, ni se conocía. Tal era el control al que le sometía que llegó a recluirse en su casa y no hablaba con nadie. Ella, que era como unas castañuelas desde que nació, cualquiera lo diría…

  • Siempre he tenido falta de cariño. El afecto para mí es lo más importante. Por eso, mi corazón nunca ha estado cerrado del todo. Sin amor, me secaría.

        Y cuando las cosas empezaron a enderezarse, sucedió lo peor que le puede pasar a una madre. La noticia más triste: Pablo murió en un accidente. Y a partir de ese suceso, atravesando el dolor de tan grave pérdida, tocó fondo y perdió el miedo a su ex marido. En realidad, todo le parecía absurdo después del duro golpe que le había dado la vida. Por otra parte, María se sentía en todo momento acompañada por su hijo Pablo como una presencia sobrenatural que la ayudaba con una fuerza increíble. El miedo paraliza, pero ya no tenía miedo. Así que se puso a trabajar, dejó la casa de acogida y se dedicó a su hijo Juan. Por supuesto, su ex marido la molestó durante unos meses, aunque ella seguía su camino como si no existiera. Lo importante era luchar por la felicidad de Juan. Se compró un piso con sus ahorros y se apuntó a natación, porque aún no sabía nadar. Un cambio de actitud en positivo. Lo demás eran anécdotas, gajes del oficio sin importancia. Al poco tiempo, falleció su marido y su hijo siguió la carrera militar. Se sentía orgullosa de él, un chico maravilloso que siempre tuvo las cosas muy claras y un gran espíritu de superación. Cuánto ayudó a su madre a salir adelante… Sin él, no lo habría conseguido.

        Últimamente, María me llamaba por teléfono para leerme citas de un libro de Jorge Bucay. Una de las que más le gustaba repetir era la que decía: “Los ojos de mi madre me siguen, de ella aprendí ese cuidado instintivo por los demás”. En efecto, ella siempre atendía las llamadas de socorro. De ahí que le convenciera lo que leyó sobre la Fundación Vicente Ferrer en un folleto que, por casualidad, cayó en sus manos. Se informó muy bien y pudo comprobar que la organización llevaba décadas apadrinando niños y niñas en las zonas rurales de Anantapur, al sudeste de la India. En una de las zonas más desfavorecidas del estado de Andhra Pradesh, impulsaba proyectos para salir de la pobreza. Su transparencia y buen hacer eran evidentes y su amor por los marginados se extendía por la India. La Fundación había ampliado sus proyectos a nuevas áreas para mejorar las condiciones de vida de la comunidad dálit, los grupos tribales y las castas inferiores. Sobre todo, las niñas y mujeres sufrían los efectos más graves de exclusión social por la discriminación de género de una sociedad patriarcal anclada en el pasado. Al ver que éstas nacían en tal situación de desigualdad, Vicente Ferrer se esforzó en darles una educación integral y apoyo económico para convertirlas en personas libres, independientes. No había otro modo de escapar de la prisión.

        María se decidió. Apadrinó un niño. Su compromiso tenía que durar hasta que cumpliera los dieciocho años. No era el capricho de una mascota que se compra y se abandona, era un proyecto de vida humana, y era muy serio lo que se jugaba con aquella decisión. Admiraba la labor de Vicente Ferrer y su esposa, porque empezaron de la nada y poco a poco construyeron un proyecto muy importante a nivel mundial. Me decía que las personas buenas son el alimento de nuestro espíritu para no desfallecer y que este mundo necesitaba su ejemplo. Ella siempre deseó que le dieran el Nobel de la Paz, eso sería un gran paso para erradicar la pobreza extrema en la India. Casi tres millones y medio de personas vivían gracias a la ayuda de la Fundación. Un verdadero triunfo.

        Llamó a la sede de Barcelona y se puso en contacto con ellos con la determinación de un hada madrina. Sólo le solicitaban tres cosas en su compromiso solidario. Uno: sus datos personales y el número de su cuenta corriente para domiciliar el pago de la contribución mensual para el apadrinamiento. Dos: le informaban de que podía escribir cartas y postales a su ahijado o ahijada siempre que quisiera. A los niños les encantaban las postales multicolores con pájaros, plantas, dibujos animados. Ellos, por su parte, le enviarían la documentación de la persona apadrinada -sus datos personales y fotografías- y le informarían puntualmente sobre sus avances escolares. Le respondería con cartas, dibujos y una felicitación de Navidad. Y tres: los regalos. Le recomendaban que enviara cosas sencillas que pudiera compartir con otros niños y niñas para no crear diferencias. Desde material escolar, libros con ilustraciones, globos, juegos, etc., hasta ropa de verano y complementos. A las niñas les encantaban los adornos para el pelo, los collares y pulseras de plástico. También le invitaban a viajar a India para que conociera a su familia, alojándose cuatro días en el campus de la Fundación. Así podría ver las actividades en directo. María soñaba en ir, pero, por ahora, se conformaría con enviar un regalo. Pensó que a cualquier niño o niña le gustaría una visera de colores y la compró. Estaba tan ilusionada como una niña chica. El día que entregó el paquete en correos, se sintió realizada, una mujer completa de los pies a la cabeza.

        Al tiempo, le llegó la primera carta de agradecimiento en español. Era de un niño. Su ahijado había recibido el regalo en su poblado y le escribía unas líneas. Las cartas eran traducidas por la Fundación, pero a María le aconsejaron que le escribiera en inglés para agilizar el proceso. Por eso habíamos quedado el día de su cumpleaños. Quería que le tradujera la carta. Para ella, el afecto de aquel niño que la llamaba “mi querida madrina” era el mejor regalo del mundo.


Teresa Iturriaga Osa (Palma de Mallorca, España/1961).

Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Reside en Canarias desde 1985. Dedicada a la gestión cultural, periodismo, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Directora de los proyectos interculturales Que suenen las olas (Canarias-Marruecos) y Alar de rosas (España-Honduras). Sus libros: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas, DeLirium y El oro de Serendip (L’Or de Serendip edición francesa). Se incluye en varias antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Ecos II, Doble o nada, París, Mujeres en la Historia I-II-III, Casa de fieras, Pilpil y mojo, Sexo robótico 2120.