Planchó su ropa, dejó recogida la cocina y se marchó de su casa. De ahora en adelante, se llamaría Esperanza, la mujer de los ojos de miel.

        Cuando una mujer toca fondo, solo tiene dos posibilidades: o se hunde definitivamente o asciende. Y si decide a luchar por salir del abismo, la última bocanada de aire la aprovechará para impulsarse muy arriba y ya no se va a conformar con el nivel medio, ella seguirá subiendo desde el fondo de la sima a la montaña más alta, escalando como una posesa hasta lograr su objetivo: la cumbre. El símbolo de la cima al final del esfuerzo es una bella metáfora, pero en este caso, el sueño de Esperanza era un sentimiento muy real, porque llevaba años deseando abrir un restaurante en la Cumbre de Gran Canaria y le había llegado el momento de hacerlo.

        Siempre admiraba la vista privilegiada del Mirador de la Cilla, en Artenara, al que se accedía atravesando una cueva de un lado al otro de la montaña. Ese lugar fue inaugurado en 1962, obra de Santiago Santana, asesor artístico del Cabildo de Gran Canaria. Durante años, la trascendencia del paisaje había guiado los pasos de muchos peregrinos hasta allí. Por esos mismos lugares pasaron personajes ilustres como Julio Verne, René Vernau, Miguel de Unamuno, recordado en el monumento que le dedicó el pueblo, obra del escultor Manuel González. El filósofo vasco, impresionado por un proceso geológico que describió como “tempestad petrificada”, escribió sus impresiones sobre las gentes de la Cumbre y sus casas cueva. También dejó constancia de su visita a la ermita de la Virgen de la Cuevita. Y muy pocos saben que, a la derecha de la entrada, en la capilla tallada en roca viva, puede leerse, escrito de puño y letra en un pequeño cuadro, un texto firmado por Miguel Induráin, con el dibujo de una bicicleta dedicado a sus amigos de Artenara y devotos de esta Virgen, patrona de los ciclistas.

       A Esperanza le gustaba aquella zona abrupta y no descansó hasta sentirse en su propio espacio. Y lo encontró. Justo encima del pueblo de Tejeda, alquiló una casita rural rodeada de almendros que bautizó con el nombre de “Mirador de la Esperanza”. En medio de la flora más espectacular de la Macaronesia, las abejas eran las reinas del lugar. Sus zumbidos le daban serenidad, envolvían su presencia en la atmósfera del paisaje callado de las montañas.

       Era lo que quería. Comida internacional, gente internacional, vista y mirada internacional. Por eso, los guiris serían sus principales clientes. Llegarían allí por los barrancos del sur de la isla en excursiones organizadas en caravanas de jeeps. A los turistas les gustaba adentrarse por rutas salvajes, parajes inhóspitos con barro y polvo en los caminos, a lo Indiana Jones. Eran senderos donde brotaban la salvia y la retama, los tajinastes y veroles, un sinfín de plantas endémicas que los investigadores de todo el mundo llevaban siglos admirando en sus estudios de Botánica. Ella les ofrecería un remanso, lejos de las ciudades y villas de la costa turística. Y, además, una comida a base de platos tradicionales canarios en una sala-mirador con magníficas vistas del Roque Nublo y del Roque de Bentayga. Carne de cabra, una ropita vieja, mojo cochino, queso de oveja, etc. Sus especialidades locales serían los postres: crema de mango, tortilla de carnaval, bienmesabe, helado de gofio y canela. Y, por supuesto, una copita de hidromiel.

       Esperanza sabía hacer un hidromiel delicioso y un día conseguí que me diera su fórmula secreta.

  • Cuando coges la miel, los opérculos que van quedando se hierven. Después, se cuela con un paño muy fino y se deja enfriar para quitar la cera. Esa operación se hace dos o tres veces. Luego, se vuelve a hervir sin cera, se añade miel y se mete en maduradores, unos cubos grandes de acero inoxidable que tienen tapa. Se deja reposar cinco o seis meses.
  • De ahí sale el hidromiel… una bebida de los tiempos de los druidas celtas –le expliqué.

        Se llevó también a su loro, un personaje con mucho desparpajo al que Esperanza había enseñado cosas de lo más graciosas. Se llamaba Paco y la llamaba cariñosamente “Mami”. Llevaba con ella más de doce años y era un caprichoso de marca mayor, un malcriado acostumbrado a los mimos que su dueña le daba a todas horas.

  • No me quiere las galletas “María”, sino las rellenas de crema. Es un loro muy especial. Me echa al perro fuera. A mí no me gusta que los animales entren en casa –me confesó.
  • ¿Y cómo le ordena que salga al perro? –yo no me podía creer aquello.
  • Es de risa. Le grita, ¡fuera, fuera! ¡Y cómo manda.

        Por lo visto, suelen durar hasta los sesenta años, dicen que llegan a ser muy viejos. Aquel loro le ayudaba a sobrellevar la existencia, era un amigo, una compañía entrañable.

        Contrató a un buen maestro de obras de Acusa y la casa fue rehabilitándose con celeridad. Durante semanas, varias amigas fuimos a echarle una mano con los preparativos. Era mediados de octubre y los atardeceres eran un regalo sobrenatural desde el Mirador. Después del trabajo, cenábamos en la terraza compartiendo las anécdotas del día. Se palpaba la alegría en cada piedra. Y mientras ella hablaba y hablaba de sus proyectos, en sus ojos se veía reflejado el cielo tornasolado de la Cumbre.

  • Desde aquí, las estrellas se ven mejor. No hay contaminación como en la ciudad. Todo se aprecia con más claridad. Aquí soy feliz.
  • ¡Bravo por Esperanza! –gritó Sol, su ayudante de cocina.
  • Gracias, gracias, Sol. ¿Te acuerdas del día en que nuestro profesor nos propuso que inventáramos un menú?
  • Sí, la experiencia fue muy buena. Quién me iba a decir entonces que acabaría trabajando contigo en este lugar tan genial.

        El tiempo que Esperanza vivió en una casa de acogida, realizó varios cursos de cocina en la Escuela de Hostelería de Santa Brígida. Allí le dieron el título de ayudante y aprendió también inglés e informática. Siempre recordaba a un profesor que les decía que le pusieran nombres a las recetas, que inventaran porque lo más importante en la vida era ser creativo, arriesgarse. Esperanza se llevaba muy bien con dos chicas de aquel grupo de alumnos: Sol y Ana. Ahora eran sus amigas y, por eso, se las llevó a trabajar a la cocina del Mirador.

  • Yo he tenido un sentimiento tan grande, tan grande de culpa… Ustedes me conocieron cuando estaba mal y saben que tenía la autoestima por el suelo. Él me había hecho a su mano, me casé con él muy joven -a veces, inevitablemente, un lamento le salía del interior.
  • Bueno, el aprendizaje de la vida es así -le contestó su amiga Lourdes.
  • Qué ignorante fui. ¿Qué pensaba yo entonces? Pero es que una no ve más allá de sus narices en esos momentos.

        La imagen de la Virgen de Fátima también era un talismán para Esperanza. Devota de la señora, en una esquina del jardín había mandado construir una cuevita para colocar una pequeña imagen, un altar rodeado de flores y hiedras del que emanaba una sensación de compañía protectora. Todas las tardes, ella se acercaba a la sombra del laurel y hablaba con ella de sus logros y proyectos. Estaba segura de que le escuchaba. Pensaba que nunca había que perder el bien más preciado: la esperanza. Tras los males que se expandieron por el mundo, Pandora vio salir de su caja la única virtud capaz de renacer de las cenizas.

        Y llegó el día de la inauguración. Esperanza estaba radiante. Ella era la señora de la casa, la que estaba de cara al público, sonriendo por las mesas y preguntando si todo estaba bien. También le acompañaba su hija. Era una camarera excelente, rápida, eficaz y de carácter amable. Tenía todas las virtudes para ese trabajo. Y como estaba convencida de que el negocio iba a ir sobre ruedas, la mujer de los ojos de miel se decidió a contratar a un barman. Entonces, se acordó de su profesora Yurena, del Hotel Escuela, y la llamó para que le ayudara en el restaurante.

        Entre todas arreglaron el jardín y la casa. Era una pequeña comunidad de mujeres bien organizadas. En lo alto de la vivienda, cada una decoró su propia habitación. Fuera, entre la terraza y el jardín, colocaron una pérgola de madera de la que colgaría una parra llena de uvas, con las que harían un mosto refrescante para soportar la sequía. Picapinos, petirrojos, pinzones azules, mirlos, gorriones y otras aves migratorias revoloteaban por la sombra de los árboles. Se levantaba la vida en aquel caserío con tejadillo a dos aguas, las paredes pintadas de blanco, con piedras de cantera al estilo canario. El alero alojaba a una familia de pardelas cenicientas que unos niños habían rescatado en el barranco. Bullía un intenso olor a cera y madera de tea. Los suelos de terracota, de un color rojizo y cálido, servían de alfombra a los pies descalzos de sus habitantes.

        Pronto llegaría el invierno y la chimenea calentaría las estancias cuando la niebla de la Cumbre cayera sobre los montes. Bajo la lluvia, el silencio. Nacía el Mirador de la Esperanza y con él las esporas en el Pinar de Tamadaba, un bosque encantado entre las brumas, con sus duendes vestidos de líquenes. Sonaba el viento como nunca y, a lo lejos, el Padre Teide observaba erguido y sonriente la paz del lugar.


 

Teresa Iturriaga Osa (Palma de Mallorca, España/1961).

Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Reside en Canarias desde 1985. Dedicada a la gestión cultural, periodismo, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Directora de los proyectos interculturales Que suenen las olas (Canarias-Marruecos) y Alar de rosas (España-Honduras). Sus libros: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas, DeLirium y El oro de Serendip (L’Or de Serendip edición francesa). Se incluye en varias antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Ecos II, Doble o nada, París, Mujeres en la Historia I-II-III, Casa de fieras, Pilpil y mojo, Sexo robótico 2120.