Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
(Cantares 2:13)

     Clara permaneció junto a su prima Miriam hasta que se cumplió el tiempo, la asistió en el parto, lavó al niño cubierto de sebo, y después, regresó a su casa.

     Aquel día, el camino de piedras se le hacía más duro que otras veces, cuando ella recordaba su entretenimiento favorito, ir saltando los charcos de fango, sorteándolos uno a uno con esa agilidad de niña eterna con la que solía pasearse por el pueblo. La verdad es que todos la envidiaban. ¿De dónde habría salido aquella cabrita con trenzas de negra ceniza que, pasando los años, unos sobre otros, no dejaban ni huella ni arruga en su rostro? El cuerpo chiquito de Clara tenía aún la luz de los arroyos y la fuerza de un dragón oculto entre palmeras. Tenía entonces treinta años, demasiados para los días en que las ciudades de Namoe eran desiertos sin ancianos ni videncia. Pero ya le había llegado el tiempo también a ella, le había llegado la hora de regresar y prepararse para el niño que ese mismo día le cumplía seis meses de vida en su pequeño océano de útero. Su niño. Siempre quiso un varón y soñaba con él a todas horas.

     -No será tan hermoso como el hijo de Miriam –pensó y pronunció en voz baja-, pero es todo lo que yo he soñado, y en llamas nacerá envuelto, y sus ojos felinos vendrán, y alas y sombras de toda clase de palomas habrá sobre su lomo. De un color cebra rojizo. Libremente.

     A su paso, los escorpiones huían a las cuevas oscuras donde juntos preparaban el aguijón contra la carne del camino. Conspiraban en un murmullo distante. Siempre alejados. Pero Clara nunca los miraba. Por eso le tenían miedo y ocultaban su rencor en las grietas de las rocas. Allí también habitaban las tórtolas, siempre sus amigas y confidentes. “Ante la indiferencia, ella va. Contra la corriente, ella va. Ella va, va…”. Así cantaba el humilde pastor de cabras que la vio pasar con su cestillo.

     Cuando llegó al paso del desfiladero, una sacudida que le subió del estómago le advirtió del peligro. Y unas hojas secas dibujaron en el suelo jeroglíficos namoicos que pararon sus saltos de repente. No puedes seguir, Clara, hay alguien. Quiere algo que tú no quieres. Ya lo sabes.

     Tras un árbol, la silueta de un gran hombre agazapado acechaba el pie de Clara, que justo había caído en medio del borde de un charco. Ese pie desnudo de Clara apenas se había ensuciado, pero aquella salpicadura fue lo suficiente para despertar al animal que algunas horas antes se había bañado en el charco y esperaba. Esperaba. Con las inmundicias pegadas de las bestias, cansadas de tirar de los carros llenos de comida y de vasijas, el cuerpo del gigante apareció sinuosamente, reptando por un suelo de fango. No eran ya horas para ir al mercado, el sol estaba acostando a sus últimos hijos del día y llegaba la noche tenebrosa. Allí, noche y Clara, solas, frente a frente, huérfanas de luz y calor. Era el desierto. Era Namoe. El aire enfriaba las vísceras como escarcha temprana, pero el gigante ardía.

     -Hola, Clarita, ¿dónde vas? qué guapa estás… Una mujer como tú no debería ir sola por estos lugares tan apartados. ¿No tienes novio, Clarita?

     La pregunta del gran hombre iba cargada de la malicia solitaria del perverso que no obtiene más respuesta que su propio placer imaginado. Clara sabía que contestar a sus preguntas sería un error. No haría sino encender más aún la lujuria de escorpión que le brillaba en los ojos y le comía las entrañas desde el sexo.

     -Oye, ¿A ti tu padre no te ha enseñado a contestar a los hombres con respeto? –la increpó-. Te he preguntado una cosa y, por tu bien, te aconsejo que me trates mejor, o yo mismo te enseñaré las lecciones que tu pobre padre no es capaz de inculcarte…

     -Deje usted tranquilo a mi padre, ¿vale? Y ahora, por favor, si me deja en paz, quiero seguir mi camino…

     -Tú no sabes con quién estás hablando, imbécil. Podría ahora mismo empujarte al suelo y violarte las veces que me dé la gana. Cuántas yo quiera, ¿te enteras? Así que cállate un ratito y hazme alguna carantoña, que con eso me conformo por hoy. Estoy cansado. Ya me he tirado antes a otras dos tontas que pasaron por aquí, viejas conocidas que han aprendido a respetarme, pero ahora te toca el turno a ti.

     -Le he dicho que me deje en paz.

     Clara empezó a caminar sin mirarlo y, protegiéndose el vientre, de forma instintiva, se alejó con paso firme y segura de tener la fuerza de un guerrero escondido. El hombre, dándose cuenta del bulto que Clara se tapaba, escondió su rabia en una cascada de palabras.

     -Ya veo que hoy no estás mimosa… Bah… Vete, sí, vete… y no vuelvas a aparecer sola por aquí o verás cómo hasta los niños aprenden lo que yo quiero. Los niños aprenden lo que ven. Se acostumbran a todo. Vete, desgraciada, que ya vas a saber lo que es parir…

     Era noche cerrada cuando Clara entró en casa. Sus padres habían dejado la luz de la entrada encendida y todos sus hermanos estaban acostados. Subió las escaleras con mucho sigilo y entró en su habitación con unas ganas terribles de matar, sin lágrimas ni ternura para aquella alimaña del desfiladero.

     -Espero que alguien lo despeñe –pronunció muy despacio y en voz alta.

     No sería la última vez que Clara oiría esas palabras que tan detenidamente pronunció y tan bien escuchó el niño desde el vientre. Los niños aprenden lo que ven. Y en Namoe, lo que oyen. Sólo habría que esperar veinte años más para que su hijo Aníbal le hiciera comerse al gigante sus palabras de desprecio y, después, le sirviera en un banquete su cabeza aderezada de especias y frutas exóticas. Un trofeo en bandeja de plata para su madre, que había aprendido a esperar el tiempo de los partos.

     Clara permaneció junto a su nuera Judith hasta que se cumplió el tiempo, la asistió en el parto, lavó a la niña cubierta de sebo, y después, regresó a su casa.


Teresa Iturriaga Osa (Palma de Mallorca, España/1961).

Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Reside en Canarias desde 1985. Dedicada a la gestión cultural, periodismo, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Directora de los proyectos interculturales Que suenen las olas (Canarias-Marruecos) y Alar de rosas (España-Honduras). Sus libros: Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas, DeLirium y El oro de Serendip (L’Or de Serendip edición francesa). Se incluye en varias antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Ecos II, Doble o nada, París, Mujeres en la Historia I-II-III, Casa de fieras, Pilpil y mojo, Sexo robótico 2120.