Por Teresa Iturriaga Osa

«De repente te ves en el espejo y como que se muestran muchos rostros; sólo tenemos dos ojos, una nariz y una boca, y miles y miles de rostros…», (Leonora Carrington).


En la curva del mirador del mundo, al salirse del camino recto, girando la rotonda de los bancos grises del pasado, en relación a la celebración del Día Internacional del Desaguisado, fecha en que se festejan los felices esponsales entre el destino y el azar.

Leonora pide como siempre dos tés de manzanilla con polvitos de arroz y cristales de sueño. Deja su piedra en el montículo sagrado, esparce paja y flores a la izquierda, y allí se sienta tranquilamente a sentir la vida al sol. Un ritual de agradecimiento que abre la puerta y espera, espera el milagro.

Siente que comienzan a acercarse los seres mitológicos del vaho. Una gran U rodeada de bruma y acequia entra en escena. Los búhos observan el movimiento de las hadas, por las rendijas se vierten los hocicos de los lirones amigos, bajan los camaleones de sus árboles, altos son los cuellos de las jirafas que ventilan con su aliento la brisa…

Son, sí, son la fauna y la flora del espacio alquímico de la niña ardilla.

De los tejados verdes y azules se desprende una música de jazz, la fantasía ablanda el humo de los coches, hechiza las grúas que se oyen a lo lejos. De entre las mantas del césped húmedo de sus pestañas empiezan a desperezarse los animales microscópicos, en la grava debajo de sus pies los insectos se acicalan sus antenas y patas estilizadas, van subiendo a las carrozas de los escarabajos de la suerte, ignorando el ruido de las moscas.

Todo lo inaudible sucede en el laberinto. Los farolillos se encienden a deshora, alguien se olvidó del despertar de la ciudad y malgasta con un chiste de luces el erario público. Nada es grave. Nada es trágico. Nada es un asunto de vida o muerte, qué más da… Un estado de abismamiento le invade el pelo, desenmaraña sus monstruos, abre las madrigueras de los conejos blancos, vuelca sus pupilas hacia el centro de su universo y entra directamente en el palacio de las estatuas parlanchinas.

Allí sentada, paladea su umeboshi mientras observa a los caballos del rey, escudriña ese arte que tienen de mover un trocito de piel para espantar a las moscas e intenta imitar su vaivén.

Las aves despiertan a sus hijos para bañar sus plumas en la fuente y ella se confunde de cuerpo, su camisa de dormir de franela se lava con un fluido de aguas tropicales. Bello despertar.

El placer del vuelo de una lechuza la transporta más allá de la materia, más allá de la tos seca del blanco y negro, a dos mil quinientos años del color sepia.

Al salir de la cama, dos días después de la resaca de una gripe estomacal, la fiebre la ha dejado tumbada, pero hoy siente renacer la alquimia de una casa sin miedo. Ya no le duele la cabeza, ya no tiene calambres abdominales, ya puede digerir comidas sólidas, masticar esas galletas de avena que tanto le gustan, por fin la tarta de arándanos, su perdición.

Temprano decidió entrar pisando fuerte en su cocina y abrir todas las ventanas, cerrando de golpe la puerta al virus de la alacena: allí guardó el arroz, el pan tostado, la compota de manzana, el kuzu y el lactobacillus para su flora hasta nuevo aviso. Es la hora del encuentro, es la hora de la salud recuperada. Es la hora de la hora.
Silba tres veces su canción favorita y a su lado aparece la silueta de su viejo amigo el loco, ése que se hace llamar así ante el mundo porque clama su desprecio a los dioses del lugar e invoca la cólera del cielo sobre la casa de Judas.

En París, México y Nueva York -donde se reúne en secreto con su maga-, todos dicen que está poseído por el opio y que ha perdido la razón… buscando tesoros y pergaminos en huacas sin descanso… pero Leonora sabe que su locura es sagrada e inasible como el agua y da fe de que está más cuerdo que ninguno.

Cree que en alguna parte cada uno de nosotros llevamos un secreto, como en los huesos se llevan los secretos de todo el pasado humano. Eso es así. Ella tiene a buen recaudo su conciencia en las colinas del maestro, bajo la sombra del pino verde y de la jara. Por eso viene a visitarlo.

Y, como el pájaro, el loco acude volando a la cita de su amiga en cuanto escucha su mensaje por el aire. No podían fallarse a esas alturas del sendero. Todas las vidas esperándose. Ella le debía la gracia de saberse letra viva; y él, aunque no exhibía su aprecio como un broche en la solapa, también quería mucho ese karma. Sabían cuidarse muy bien sin recetas aprendidas de cocina. Cada uno tenía su propio camino.

Eran como el Este y Oeste… puntos cardinales nacidos de un mismo sol, hasta que un día de borrachera se olvidaron de que eran hermanos gemelos por culpa de una vocal mayúscula que se interpuso en sus diálogos.

El loco y la dama sueñan y se plantean la vida después de cada desgarro. Dicen las malas lenguas que están de terapia, sin duda: los dos. Sin embargo, un cuerpo tras otro, sobreviven a las grietas que les va dejando el tiempo. Y aun a riesgo de perder su buen nombre, ella acude a encontrarse con él en ese lugar del parque… No lo puede remediar.

Le gusta tanto verlo vestido de general, plantado de gloria, dirigiendo las tropas mientras ella escribe versos en la orilla del jardín… Luego, a media tarde, se sientan sobre los troncos a fumarse las historias con rumores que van oyendo por ahí. La fiesta es divertida, gratificante. Y así, el loco no se guarda de nadie, sino que discurre, dicta en voz alta sus planes de batalla y hasta llega a empuñar un gladiolo en su mano. A veces ríe para descolocar su lógica y vencerla, pero ella lo interpela, desplegando su perfume ante la perpleja mirada del anochecer. Y, claro, él se deja ir y venir, ir y venir… mientras Leonora escribe a ritmo de bossa nova sobre la piel que es texto, vestido, joya, música y silencio.


Teresa Iturriaga Osa es Doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas (Gran Canaria, España). Ha trabajado en periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Ha publicado los libros Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas, DeLirium y El oro de Serendip. Ha participado en varias antologías: Orillas Ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales Poéticas, Madrid en los Poetas Canarios, París, Mujeres en la Historia I-II-III, Casa de fieras, Pilpil y mojo, Alar de rosas.