«No esperes encontrar en mí un paño de lágrimas», le dijo un charco a otro charco cuando se vieron reflejados el uno en el otro por primera vez en el iris de una grulla.

Se habían conocido gracias a la salpicadura de algún despistado que metió su rueda donde no debía. Fue una sorpresa. Un charco de aromas desconocido para uno. Un charco de esencias desconocido para otro. Así que, desde ese día, los dos sabían que estaban muy cerca, tan solo separados por una distancia de dos o tres metros, lo suficiente para no poder verse ni tocarse en su amante soledad.

Pero amaneció un día de abril, claro y exacto, y algo había en el aire cuando los dos pensaron que, en vez de seguir solos, sería bueno aguantar cualquier barro juntos, ya que, por misteriosas razones, alguna tormenta los había puesto allí, tan cerca el uno del otro, en medio del camino del ímpetu terrestre. También sabían -quizá guiados por un extraño poso de intuición, quizá por miedo a la transparencia que nunca pudieron tocar en su vida- que seguirían aguantando el chaparrón, atendiendo su juego, cada uno, cada uno, cada cual, cada cual, en su sitio. Aún tendrían que esperar el momento preciso para reconocerse y presentarse como charcos de verdad.

Mientras tanto, pasó el tiempo y, entre desierto y tempestad, se hablaron en voz alta durante sus viajes submarinos. Sin mirarse de frente, veinte mil leguas de palabras recorrieron aquellos días de sus mil y una noches, gritaron sus nombres en las nieblas más oscuras para palparse la superficie con sonidos, escucharon la respuesta del gran silencio cuando en un susurro se confesaron los puntos suspensivos escritos en sus auras. Y, en medio de aquel triste exilio de asfalto, sólo los ojos de las aves sedientas les servían de espejo fugaz para escudriñarse sus contornos.

Durante todos esos años soñaron en blanco y negro por separado. Soñaron que algún día, con suerte -un día de lluvia en un cielo azul con arco iris incluido-, pasaría por allí un enorme trailer que haría más grande el socavón de la colina y precipitaría sus líquidos, renovaría todos sus barros. Hasta que un día sucedió. El trailer apareció de la nada y a su paso abrió sin querer tal socavón que el peso de su sueño rompió aguas.

Allí nació una laguna serena sin fronteras ni charcos donde, hasta hoy, sólo las grullas blancas tienen permiso para bañarse y saciar su sed.