Lo documentó un antropólogo, Maurice Godelier. Entre los baruya no hay ricos ni pobres. Solo hombres que mandan y mujeres que obedecen.


Imagínate que un niño de nueve años es arrancado de los brazos de su madre. No por un accidente ni por una guerra. Sino porque así está escrito en la tradición de su pueblo. Lo llevan a una casa grande donde solo viven hombres. Allí pasará los siguientes diez años de su vida. No verá a su madre. No comerá con ella. No volverá a dormir en su hogar hasta que sea un adulto casado y, aun así, la evitará cuando su mujer tenga la regla o esté dando a luz.

Esto ocurre entre los baruya, una tribu que hasta 1960 vivía en las montañas de Nueva Guinea sin Estado ni clases sociales, pero con una jerarquía muy precisa: los hombres mandan y lo hacen porque durante mucho tiempo construyeron un andamio de asimetrías que sostenía su poder sobre las mujeres.

El antropólogo francés Maurice Godelier vivió entre ellos desde 1967 hasta 1981. No fue un visitante ocasional. Se quedó años y vivió en las casas de los hombres. Acompañó a las mujeres a sus ceremonias, aunque eso le costó una purificación ritual con plumas de pájaro quemadas. Escuchó a los guerreros, a los chamanes, a las ancianas y a las jóvenes que acababan de tener su primera regla. Lo que encontró fue una máquina social perfectamente organizada para producir hombres superiores y mujeres sumisas, aunque las mujeres no lo vivan como una injusticia sino como el orden natural de las cosas.

¿Cómo funcionaba esta maquinaria? Primero, por la propiedad. La tierra pertenecía a los hombres. Las mujeres la usaban pero no la podían heredar. Los hombres fabricaban las herramientas para cavar que las mujeres necesitan para sembrar. También fabrican las hachas, los arcos y las flechas. Por supuesto que una mujer baruya podría tallar su propio bastón, pero no tenía permiso social para hacerlo. Depende de su padre o de su marido. Esa dependencia no es un detalle menor. Es el primer eslabón de una cadena larga de desigualdades. 

Segundo, por los medios de intercambio. Entre los baruya, existía una sal vegetal que funcionaba como moneda la cual producían los hombres. Ellos controlaban el comercio con otras tribus. Las mujeres recibían barras de sal, pero no decidían cómo producirla ni con quién intercambiarla. Godelier notó que antes de la llegada de los europeos, los baruya ya habían adoptado hachas de acero que llegaban por redes comerciales y una así las mujeres siguieron usando herramientas de piedra. Es decir, la tecnología avanzó para unos, no para otras.

Tercero, por la guerra y la caza eran actividades exclusivas de los hombres. Ellos poseían las armas, los territorios de caza y los perros. Las mujeres recolectaban bayas y hongos y pescaban renacuajos con nasas de hilo, pero no cazaban. Un hombre baruya era definido por su arco, en cambio una mujer se definía por su red de carga y su bastón para cavar.

Pero el corazón del sistema no estaba en los objetos. Está en los rituales de iniciación. Un niño baruya no se vuelve hombre por crecer. Se vuelve hombre por pasar por cuatro etapas de iniciación que duran una década. En la primera etapa, lo separan de su madre. Lo golpean. Lo humillan. Lo obligan a callar. Durante meses no puede hablar con sus mayores. En la segunda etapa, abandona sus ropas hechas por mujeres. En la tercera, le colocan en la cabeza un pico de cálao que representa el pene del hombre y un círculo de junco que simboliza la vagina de la mujer. Allí le enseñan que su nuevo nombre, tchuwanie, es uno de los nombres secretos de la vagina. Un nombre que las mujeres nunca se enteran que existe.

Godelier documentó un hecho que los baruya mantienen en el más absoluto secreto. Durante los primeros años en la casa de los hombres, los jóvenes iniciados son alimentados con esperma de los adolescentes mayores. Lo hacen para que crezcan más fuertes que las mujeres. Esta práctica, que el antropólogo compara con lo observado en otras tribus anga, desapareció después de la llegada de los europeos en 1960. Pero quedó en la memoria de los rituales. Las mujeres nunca lo supieron o al menos eso siempre han creído los hombres.

¿Y las mujeres? También tienen su iniciación, pero dura quince días. Ocurre cuando les llega la primera menstruación. Las encierran en una choza al fondo de la aldea. Ayunan. Las viejas les gritan arengas: “No te resistas a tu marido cuando quiera hacer el amor”. “No grites o se enterará y se ahorcará de vergüenza”. “No mates a tu hijo cuando lo hayas traído al mundo”. Las mujeres adultas bailan disfrazadas de guerreros. Les lanzan flechas simbólicas. Les recuerdan que ahora su v∆gina está abierta y que cualquier gesto puede interpretarse como una invitación.

Lo que Godelier observó con atención es que las mujeres no se revelaban contra este orden. Más aún, lo reproducían. Las ancianas amenazaban a las jóvenes con sus bastones sobre respetar la norma. Las madres entregaban a sus hijas a cambio de esposas para sus hijos. Cuando se convertían en esposas procuraban cuidar a los cerdos para que los hombres se los comieran en la casa de los hombres, después de quedarse con el hígado, la parte que consideran la sede de la fuerza vital. Las mujeres recibían los intestinos. Porque, según los hombres, los cerdos comían excrementos.

El dominio masculino no se impone solo con golpes, también se imponía con la mirada. Una mujer baruya debería bajar la cabeza y taparse el rostro con su capa cuando pasaba un hombre. Debía sentarse en el suelo mientras él comía. No podría pasar por encima de la higuera de la casa porque su sexo se abriría y contaminaría el fuego con el que se cocina la comida del hombre. No podía montar a su marido durante el coito porque los líquidos de su vagina correrían sobre el vientre de él. Tampoco puede tocar las flautas sagradas ya que si se les ve, se les quita la vida.

Pero Godelier también encontró fisuras. Las mujeres tienen sus propios secretos. Se dan leche entre ellas para fortalecerse. Algunas son chamanes, aunque no pueden iniciar a otras ni combatir a los chamanes enemigos. Tienen poder de vida o muerte sobre sus recién nacidos. Deciden si el niño vive o muere y a veces, cuando la opresión se vuelve insoportable, se cuelgan para quitarse la vida. El su1c1dio femenino es era una forma de venganza ya que se creía que el espíritu de la mujer muerta rondará la aldea y atacaría a su marido.

Godelier fue un observador que pasó años ganándose la confianza de una tribu que nunca había visto un europeo hasta 1951. Lo cual le llevó a pensar que el dominio masculino no nació con las clases sociales. Es anterior y no desaparecerá automáticamente con la lucha de clases. Porque las mujeres baruya no son solo víctimas. Son cómplices. No por maldad, sino porque creen en el mismo sistema que las oprime. Creen que el esperma del hombre es más fuerte que su sangre menstrual. Creen que la Luna les perforó el s3xo para hacerlas fértiles. Creen que los hombres merecen gobernar.

Entonces la pregunta no es solo ¿quién tiene el poder? La pregunta es ¿cómo se hace para que los que no lo tienen crean que es justo que no lo tengan?

 

Fuente

Godelier, M. (1986). La producción de grandes hombres: Poder y dominación masculina entre los Baruya de Nueva Guinea. Madrid: Akal.

Con información de Nota Antropológica.