En el horror del gueto de Varsovia, donde los seres humanos morían hacinados durante la ocupación nazi, Irena Sendler una enfermera polaca ideó una operación para sacar niños judíos del gueto sin que los nazis lo advirtieran.
-“Solo hice lo que había que hacer. Debí salvar a más”. Fueron palabras de la propia Irena Sendler, también conocida como “el Ángel del Gueto de Varsovia”.
Una enfermera y trabajadora social polaca y su red de colaboradores, que durante la Segunda Guerra Mundial salvaron a más de 2.500 niños judíos, prácticamente condenados a ser víctimas del Holocausto, arriesgando con ello su propia vida.
Cuando Alemania invadió Polonia en 1939, Irena Sendler era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia. Ella trabajaba en la sección que se encargaba de los comedores comunitarios de la ciudad. Pero en 1940 cuando el Tercer Reich creó el gueto de Varsovia, los judíos polacos experimentaron un drástico empeoramiento de sus condiciones de vida cuando los nazis empezaron a tomar medidas contra ellos.
En noviembre de ese año, se ordenó el confinamiento de todos los judíos de la ciudad dentro de un gueto con el fin de mantenerlos bajo control mientras su destino se decidía en los despachos de los altos cargos. La sobrepoblación dentro de los límites del gueto creaba unas condiciones de vida inhumanas en las que sus habitantes estaban prácticamente condenados a enfermar o morir. Llegaron a hacinarse en su interior hasta 450.000 personas.
El objetivo de los nazis era, ni más ni menos, que eliminar a toda la población semita de Varsovia. Había cuerpos en las calles, niños fusilados, golpeados, otros muriendo de hambre, enfermo. Irena, horrorizada por las condiciones en que allí se vivía, se unió a la Zegota, el Consejo para la Ayuda de los Judíos y arriesgó su vida por tratar de paliar este horror.
Esta terrible idea comenzó la masacre, ya que dentro del plan de limpieza que los alemanes pusieron en marcha se encontraba, por ejemplo, la orden de asesinar a todo niño o niña que viniera de una familia que no fuese de raza aria.
Su labor en el gueto de Varsovia
Irena consiguió sin problemas una credencial de la oficina sanitaria para poder entrar en el gueto. Los alemanes temían una posible epidemia de tifus y permitían que personal sanitario polaco accediera al gueto para tratar de controlar las enfermedades contagiosas.
Así, comenzó a establecer contacto con las familias para proponerles sacar a sus hijos fuera del gueto. No era una misión fácil y mucho menos segura, pero lo que sí era cierto en aquel lugar era que los niños terminarían muriendo. Irena comenzó sacando a los niños escondidos dentro de sacos de patatas, maletas y bolsas de basura. Sin embargo, pronto los alemanes intensificaron el control, así que pasó a hacer uso de una estrategia mucho más extrema: drogaba a los niños y los metía en ataúdes, haciéndoles pasar por muertos.
En cuanto a las vías para sacarles, a veces recurría al primer tranvía de la mañana, escondidos entre los adultos autorizados a trabajar en el exterior, en los empleos más penosos que nadie quería hacer. Otras veces utilizaba una iglesia que tenía varias puertas o incluso los sacaba a través del edificio de los juzgados. Muy a menudo, sin embargo, el único camino de salvación fueron las cloacas y los sótanos de edificios ubicados junto a la muralla del gueto.
Una nueva identidad
Una vez fuera, Irena llevaba a estos niños a lugares seguros en los que pudieran adaptarse a su nueva situación, ayudándoles a recuperar primero la salud y las energías. A través de Zegota se preparaban documentos falsos, como partidas de nacimiento y certificados de bautismo, para otorgar de una nueva identidad a los niños. Los apellidos debían corresponderse con los de la familia que aceptaba acogerlos. Si no había con quien llevarlos, al menos se los confiaba a orfanatos cristianos, que representaban una garantía de supervivencia.
Pero Irena quería que un día estos niños pudieran recuperar sus verdaderos nombres, así como regresar con sus familias, para lo que ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Anotaba los datos personales de cada pequeño en trozos de papel y los guardaba dentro de botes que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino sin que nadie sospechase nada.
Condenada a muerte
Pero un día, una vigilante de una lavandería, descubierta por los alemanes y torturada brutalmente para que confesara, acabó delatando algunos componentes de la red que se ocupaba de los niños, entre ellos, a Sendler.
Sendler, que adoptó el nombre de guerra de Jolanta, tenía un papel destacado dentro del Zegota. Poco tiempo después de la destrucción del gueto, a principios del otoño de 1943 fue nombrada directora de la sección infantil de la organización. Bajo su dirección, algunos niños fueron enviados con familias polacas que podían acogerlos o a orfanatos cristianos; antes se les daba un nuevo nombre y aprendían plegarias cristianas.
En octubre de ese mismo año, Irena fue detenida por la Gestapo debido al alto nivel de riesgo bajo el que operaba su grupo. Fue enviada a la prisión de Pawiak, donde fue golpeada, torturada e interrogada. Los interminables interrogatorios se alargaron casi un mes, pero Sendler nunca reveló ningún nombre ni ubicación, por lo cual fue trasladada a otra cárcel para ser ejecutada. Sin embargo, miembros de la resistencia clandestina sobornaron a uno de los guardias que la custodiaba, y pocas horas antes de su muerte consiguió escapar.
Antes de que terminara la guerra, Sendler retomó su posición en el Zegota y trabajó como enfermera durante el alzamiento de Varsovia, en agosto de 1944, donde fue herida por un soldado alemán.
Tras la Segunda Guerra Mundial, rehizo su vida, se volvió a casar y tuvo dos hijos. Siempre permaneció involucrada en labores sociales en su Varsovia natal. Su valiente comportamiento durante la guerra le fue reconocido a nivel local durante los primeros años, incluso Yad Vashem la nombró Justa entre las Naciones en 1965 en reconocimiento por su increíble labor. Lamentablemente, el rígido sistema comunista que regía Polonia permitió que su figura fuese cayendo en el olvido.
Reconocimientos tardíos
No fue hasta finales del siglo XX cuando su historia fue recuperada gracias a un hecho casual. Un grupo de teatro juvenil estadounidense quiso poner en valor el nombre de una mujer a la que habían conocido por una noticia en el periódico en la que se afirmaba que había salvado a 2.500 niños judíos durante el Holocausto.
- En noviembre del 2003, el entonces presidente polaco, Aleksander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil de Polonia, nombrándola dama de la Orden del Águila Blanca (Order Orła Białego). Irena pudo recoger este reconocimiento acompañada de sus familiares.
A raíz de esta coincidencia, el relato heroico de Irena Sendler saltó a la fama y el mundo por fin empezó a reconocer su labor. El coraje de esta mujer que lo había arriesgado todo sin pensarlo para salvar vidas la hizo merecedora del apodo ‘el ángel de Varsovia’, un nombre con el que ahora sí que pasaría a la historia.
Además le fueron otorgados múltiples premios y condecoraciones públicas. Con 98 años fue nominada al premio Nobel de la Paz, aunque no le fue concedido. Quizás era un guiño más a la imagen humilde y lejos de los grandes reconocimientos que ella misma parecía preferir.
“Cada niño salvado con mi ayuda es la justificación de mi existencia en la Tierra, no un título para la gloria”, había afirmado. La custodia del ángel polaco en este mundo terminó el 12 de mayo de 2008.

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