Paola Rojas visibilizó una de las realidades más difíciles que enfrentan las mujeres en el periodismo deportivo.

La periodista mexicana contó que durante mucho tiempo buscó entrevistar a Diego Armando Maradona, hasta que coincidió con él en un elevador durante el Mundial de Brasil 2014.

Al reiterarle su interés profesional, recibió una respuesta completamente fuera de lugar:

“Yo sí quiero platicar contigo, pero en mi habitación”.

Paola decidió dejar de insistir y renunciar a la entrevista.

“Lo cuento porque es parte de lo que nos enfrentamos las mujeres en este esfuerzo por hacer periodismo y por compartir lo que ocurre”.

No fue una oportunidad perdida.

Fue una periodista obligada a abandonar una posibilidad profesional porque un hombre convirtió su trabajo en una insinuación sexual.

Las mujeres ya enfrentan menos espacios dentro del periodismo deportivo.

Además, demasiadas veces deben protegerse de situaciones de acoso mientras solamente intentan hacer su trabajo.

Ningún ídolo, por más grande que sea, debería estar por encima de señalar este tipo de conductas.

Este testimonio expone de forma directa la vulnerabilidad y la desigualdad estructural que las mujeres periodistas enfrentan en su día a día laboral.

El relato de Paola Rojas ilustra tres problemáticas centrales:

El acoso como barrera profesional: La insinuación sexual no representa un simple «mal momento», sino un obstáculo real que frena el desarrollo laboral de las mujeres, obligándolas a elegir entre su seguridad/dignidad y sus oportunidades de crecimiento.

El abuso de poder y la impunidad del «ídolo»: El estatus de figuras públicas o deportistas consagrados suele actuar como una capa de protección mediática, invisibilizando o normalizando conductas de acoso bajo la narrativa del «genio» o la «leyenda».

La reducción de espacios seguros: Además de lidiar con una brecha de género histórica en los medios deportivos, las reporteras deben invertir energía extra en calcular riesgos, protegerse y reaccionar ante dinámicas de hostigamiento.

Visibilizar estas experiencias es el primer paso para desmantelar la complicidad institucional en los medios de comunicación y exigir protocolos estrictos de protección para las trabajadoras de la información.