La llegada de la quinta cinta de Toy Story vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que ha acompañado a generaciones de espectadores y espectadoras desde el estreno de la primera película en 1995: ¿por qué los seres humanos desarrollamos vínculos tan profundos con nuestros juguetes? Para la Myriam De Luna, académica de la Licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana y especialista en psicología infantil, la respuesta está en el papel fundamental que el juego desempeña durante los primeros años de vida.
«Más que los juguetes, lo importante es el juego», explica. «Por medio del juego los niños aprenden, se comunican, expresan emociones, resuelven problemas sociales, desarrollan tolerancia a la frustración e incluso ensayan situaciones que enfrentarán más adelante en la vida».
Según la especialista, el juego constituye una de las principales herramientas de desarrollo durante la infancia. A través de él, niñas y niños construyen habilidades emocionales, sociales y cognitivas que les permiten comprender el mundo y relacionarse con quienes los rodean.
En la saga de Pixar, Woody, Jessie y Buzz Lightyear no son simples objetos de plástico; representan amistad, pertenencia y recuerdos. Aunque la película utiliza la fantasía para darles vida propia, la psicología reconoce que algunos juguetes adquieren una importancia emocional extraordinaria para las y los menores.
De Luna explica que este fenómeno fue descrito por el psicoanalista Donald Winnicott mediante el concepto de «objeto transicional». Se trata de objetos, que pueden ser peluches, muñecos, mantas o cualquier pertenencia significativa, que ayudan a los niños a enfrentar las primeras separaciones de sus figuras de apego, generalmente sus madres o cuidadores principales.
«El juguete representa seguridad. Cuando el niño se separa de mamá para ir a la guardería o a la escuela, ese objeto le ayuda a manejar la ansiedad y sentirse protegido», señala.
Por ello, perder un juguete no siempre significa únicamente extraviar un objeto material.
La académica de la IBERO advierte que, dependiendo de la carga emocional que el niño o la niña haya depositado en ese objeto, la pérdida puede experimentarse como un auténtico duelo.
«Desprenderse de un juguete puede representar la pérdida de algo importante: una experiencia, un recuerdo o una persona significativa. En algunos casos se trabaja psicológicamente como un duelo, porque el niño está perdiendo algo que tenía un valor emocional profundo», explica.
Si bien no todas y todos los menores reaccionan de la misma manera, algunos pueden experimentar tristeza intensa, ansiedad o una sensación de vacío comparable a la que generan otras pérdidas importantes.
Es por ello que muchos padres emprenden verdaderas campañas para recuperar un peluche extraviado o un muñeco olvidado durante un viaje.
«La intensidad depende de cada niño. Hay quienes sustituyen rápidamente el objeto por otro y quienes le atribuyen un significado tan especial que ningún reemplazo parece suficiente», comenta.
La respuesta está en el simbolismo.
De acuerdo con De Luna, los objetos transicionales no son elegidos por los adultos, sino por los propios niños y niñas. Son ellos y ellas quienes les atribuyen características especiales asociadas con experiencias de seguridad, protección y afecto.
Por eso, cuando un peluche se pierde, comprar uno idéntico no necesariamente resuelve el problema: «Para el niño no es el mismo. Tal vez el original tenía el olor de casa, el recuerdo de determinada experiencia o la sensación de cercanía con una figura de apego. Todo eso forma parte del significado emocional que construyó alrededor del objeto».
A menudo los adultos minimizan estos vínculos porque entienden que se trata de objetos inanimados. Sin embargo, la especialista considera que es importante reconocer su valor psicológico. Durante la etapa preescolar y los primeros años de primaria, explica, el juego simbólico ocupa un lugar central en el desarrollo infantil.
Siguiendo las ideas de Jean Piaget, los niños suelen atribuir vida e intenciones a sus juguetes, fenómeno conocido como animismo. Así, los muñecos pueden hablar, sentir emociones o acompañar en situaciones cotidianas.
Lejos de ser una conducta preocupante, este proceso contribuye al desarrollo de la imaginación, la creatividad y la regulación emocional.
«Muchas veces los niños representan a través del juego situaciones que les cuesta expresar directamente. Es una manera de procesar experiencias y emociones», señala.
Aunque el apego disminuye con la edad, algunos juguetes conservan un valor especial incluso en la vida adulta.
Encontrar un muñeco olvidado en una caja puede convertirse en una poderosa conexión con recuerdos de la infancia, con momentos compartidos en familia o con etapas significativas de la vida.
«Algunos objetos representan experiencias importantes. No necesariamente queremos conservar todos los juguetes, pero hay algunos que simbolizan algo especial y por eso resulta difícil desprenderse de ellos», afirma.
Pantallas, el nuevo desafío para el juego infantil
Uno de los temas centrales de Toy Story 5 será precisamente la competencia entre los juguetes tradicionales y los dispositivos electrónicos, una situación que la especialista considera especialmente relevante en la actualidad.
De Luna recuerda que las recomendaciones internacionales sugieren evitar el uso de pantallas durante los primeros dos años de vida y limitarlo significativamente durante la etapa preescolar.
Sin embargo, aclara que el problema no es únicamente tecnológico: «Muchas veces las pantallas ocupan el espacio que antes tenía el juego porque faltan tiempo, espacios de convivencia o interacción con otros niños. Cuando un niño tiene oportunidades reales para jugar, normalmente prefiere hacerlo».
Por ello, considera fundamental promover ambientes donde niñas y niños puedan explorar, imaginar y convivir a través del juego.
Una historia que también se vive en casa
La relación emocional que plantea Toy Story no es ajena a la propia experiencia de la académica.
Durante la conversación, recordó que ella misma conservó un muñeco de Buzz Lightyear adquirido a principios de los años 2000 y que años después terminó en manos de su hijo.
«Yo compré mi Buzz cuando era más joven y ahora lo tiene mi hijo. También ha ocurrido con otros juguetes en la familia. Es algo muy parecido a lo que muestra la película cuando los juguetes pasan de una generación a otra», comenta.
Para la especialista, esa transmisión representa no sólo un gesto afectivo, sino también una forma de prolongar la vida de objetos que acompañaron momentos importantes de distintas infancias: «Los juguetes pueden seguir contando historias. A veces pasan de un niño a otro, de una familia a otra, y con ellos también viajan recuerdos y experiencias».
Quizá una de las enseñanzas más recordadas de Toy Story 3 fue la despedida de Andy a sus juguetes antes de entrar a la universidad. Para De Luna, esa escena refleja un proceso natural del desarrollo humano.
Conforme los niños y las niñas crecen, explica, el apego a los juguetes disminuye y aparecen nuevos intereses, amistades y formas de relacionarse con el mundo.
«Lo saludable es que el propio niño vaya encontrando el momento para desprenderse de ellos. Igual que ocurre en la película, llega un punto en que puede decidir dejarlos, compartirlos o heredarlos a alguien más».
Y aunque para muchos adultos un muñeco sea únicamente un objeto, para un niño puede representar seguridad, compañía, recuerdos y afecto. Por eso, concluye la especialista, perderlo puede sentirse tan doloroso como cualquier otra pérdida significativa: «Lo importante es comprender que detrás del juguete no está el objeto en sí, sino todo lo que representa emocionalmente para quien lo posee».
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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