Los derechos de la mujer avanzan con dificultad en Esuatini, un país profundamente patriarcal donde una de cada tres niñas sufre abusos sexuales antes de cumplir 18 años, la poligamia sigue siendo legal y el rey tiene una quincena de esposas.

Varias mujeres ondean banderas de Esuatini durante la celebración del 40º aniversario de la llegada al trono del rey Mswati III, en el estadio Somhlolo, cerca de Mbabane, el 24 de abril de 2026.

“Aquí las cosas son así“. La misma respuesta se repite en boca de mujeres muy diferentes en las consultas de salud sexual y reproductiva, en conversaciones con madres de familia, en reuniones con trabajadoras humanitarias o en entrevistas con estudiantes en Esuatini, pequeño Estado en el sur de África. Una de ellas es Pertunia Dlamini, de 22 años, que, sin avisar a nadie de su familia, tomó un autobús temprano y acudió a una clínica de planificación familiar en Manzini, la ciudad más grande del país, anteriormente llamado Suazilandia y situado entre Mozambique y Sudáfrica.

Sabe que su pareja, que viaja mucho, tiene “otras novias”. Ella ha decidido cuidarse y encontrar la manera de protegerse del VIH y de enfermedades sexualmente transmisibles porque él no quiere usar preservativo. “Dice que gracias a su grupo sanguíneo él nunca se va a infectar con VIH”, explica, encogiéndose de hombros.

A pocos metros, una pareja espera para pasar a la consulta. Él responde rápidamente a las preguntas que van dirigidas a la mujer. “Yo prefiero que esté protegida frente a enfermedades como la sífiles o el VIH por lo que pueda pasar y la he convencido para venir aquí hoy”, asegura el joven, explicando que llevan un año juntos. La chica dice llamarse Londiwe y asiente, algo avergonzada. Son la única pareja en una sala de espera de mujeres solas.

En Esuatini, una de cada tres niñas sufre una agresión sexual antes de cumplir 18 años, según la ONU y organizaciones humanitarias, y la subordinación y la exclusión de las mujeres persiste en medio de un dominio masculino muy palpable, tanto en la esfera privada como en la pública.

“Ser feminista en Esuatini hoy es tan complicado como necesario. Es una sociedad profundamente patriarcal, con estructuras arraigadas en la cultura swazi, la tradición y la religión. El feminismo y los esfuerzos para transformar las relaciones de poder desiguales generan un palpable rechazo”, asegura Colani B. Hlatjwako, responsable de Journey of Hope, organización de defensa de los derechos de la mujer en el país.

El rey de Esuatini, Mswati III, de 58 años, cabeza de la única monarquía absolutista de África, es un buen ejemplo de la presencia de esas estructuras tradicionales. En un país donde la poligamia sigue siendo legal, aunque minoritaria, el monarca tiene al menos 16 esposas, de las cuales dos fallecieron. Su última boda fue en 2024 con una hija del expresidente sudafricano Jacob Zuma, Nomcebo, de 21 años en ese momento. Son cifras que impresionan, pero los habitantes de Esuatini recuerdan que el anterior monarca, Sobhuza II, fallecido en 1982, tuvo unas 70 esposas y más de 200 hijos, uno de ellos el actual rey.

Cuando el tema de la poligamia de la realeza sale a relucir en las conversaciones, la incomodidad de los interlocutores es palpable en un país donde no hay partidos políticos y la figura del monarca, que aúna prácticamente todo el poder, parece intocable. “No quiero pronunciarme sobre este tema en concreto”, responde Vimbai Kapurura, directora de Women Unlimited, otra de las organizaciones que pelea por la igualdad de género en el país.

Hace unos seis años Mswati III tuvo que desmentir unas declaraciones que circulaban en la prensa según las cuales él habría ordenado que todos los hombres de Esuatini tuvieran al menos dos esposas si no querían terminar en la cárcel. A una parte del país le habían parecido perfectamente creíbles las afirmaciones del rey.

La subordinación dentro de las casas

Tanto los matrimonios civiles como los consuetudinarios, ”refuerzan la desigualdad de género porque otorgan a los hombres mayor autoridad a la hora de tomar decisiones sobre los hijos o los recursos materiales. Son dinámicas que aumentan la subordinación de las mujeres dentro del hogar», estima Hlatjwako.

El pasado marzo, una diputada de Esuatini, Tsembeni Magongo, sugirió que estos matrimonios polígamos tradicionales, hoy minoritarios, podrían ser una solución frente al creciente número de divorcios. “En el pasado se formaron muchas familias dentro de matrimonios polígamos y esas estructuras se mantuvieron estables. Quizá sea algo que se podría reconsiderar”, afirmó Magongo, según declaraciones recogidas por la prensa local.

“Tener más de una esposa es finalmente una cuestión de dinero porque hay que poder mantener varias familias al mismo tiempo. Si no tienes medios materiales, te casas civilmente y tienes una única mujer, a la que a menudo engañas con otras. ¿Qué opción es peor de las dos?”, pregunta, irónica, la responsable de una ONG humanitaria local, pidiendo que su identidad no sea revelada en esta entrevista.

Según la organización humanitaria Human Rights Watch (HRW) y la encuesta del Afrobarometer relativa a 2025, la violencia contra las mujeres y las niñas en Esuatini es un motivo de preocupación y va en aumento. Aunque una abrumadora mayoría de los ciudadanos afirma que el uso de la fuerza física nunca está justificado para disciplinar a las mujeres, muchos señalan que la violencia de género es habitual en sus comunidades y constituye el principal problema en materia de derechos de la mujer que el Gobierno y la sociedad deben abordar, según las conclusiones de este estudio.

Consciente de esta realidad, entre 2017 y 2022, el Gobierno ejecutó un plan, en colaboración con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), para poner fin a diversos tipos de violencia y haciendo hincapié en la violencia machista. Además, en 2018 una ley sobre violencia doméstica reconoció como delito, por ejemplo, la violación dentro del matrimonio y endureció las penas contra los agresores, aunque las condenas siguen siendo escasas y leves, según estas organizaciones, y los derechos reproductivos de las ciudadanas no se reconocen como sería deseable.

“Las ambigüedades legales, el estigma y la pobreza juegan contra la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, especialmente de las jóvenes”, según Hlatjwako, que cita como ejemplos el alto número de “embarazos precoces no deseados y las barreras sistémicas a la atención postaborto” en un país donde la interrupción voluntaria de una gestación está muy restringida.

Un hogar para mujeres

El sueño de Vimbai Kapurura, directora de la organización Women Unlimited, es crear un refugio. Un lugar donde las mujeres se sientan seguras, reciban atención médica y apoyo psicológico y legal tras haber sido víctimas de abuso. “Y donde también reciban protección y formación, por ejemplo en gestión de residuos o en maneras de hacer frente al cambio climático. Ya tenemos la tierra, un líder tradicional nos la cedió la semana pasada. Ya falta menos”, confía esta responsable, en una entrevista con este periódico en Mbabane, capital de este país de 1,2 millones de habitantes.

HRW, la ONU y organizaciones como Woman Unlimited celebran que, pese a las dificultades, se están registrando avances en materia de igualdad de género en Esuatini. Según el PNUD, en este momento, 29% de los diputados son mujeres, frente a un 22% de 2018. Las mujeres también pueden ser dueñas de la tierra, un derecho reconocido en la Constitución de 2005, y tienen cada vez más autonomía financiera. “Gran parte de los cambios en los últimos años son gracias a que tenemos una vice primera ministra, Thulisile Dladla, que tiene un poder real y se está centrando mucho en cuestiones de género”, explica Kapurura. Los ciudadanos de Esuatini pueden votar en las elecciones legislativas, pero los diputados tienen un poder más bien simbólico. El rey nombra a una parte de ellos y también elige al primer ministro.

Gran parte de los cambios en los últimos años es gracias a que tenemos una vice primera ministra mujer, Thulisile Dladla, que se está centrando mucho en cuestiones de género

Según Kapurura, Dladla ha tomado decisiones importantes, por ejemplo, para defender a las mujeres desplazadas por el cambio climático y para apoyar con educación o vivienda a madres que son cabeza de familia en zonas especialmente desfavorecidas. Pero la propia oficina de la vice primera ministra ha reconocido que, aunque el país haya registrado avances en la educación de las mujeres, hay retos importantes en cuanto a su participación en la economía y en la toma de decisiones.

Kapurura también está preocupada por los recortes de fondos en cooperación que ya están afectando peligrosamente a sus actividades y al salario de las ocho mujeres que trabajan con ella en Women Unlimited. En el pasado recibió financiación de la cooperación británica, del PNUD, Unicef y organismos internacionales de defensa de la paz y los derechos de las mujeres.

“Pero desde el año pasado, ha habido un desplome brutal, pese a que las necesidades aumentan y la pobreza femenina en áreas rurales es un gran desafío. No sé cuánto tiempo más podremos seguir trabajando”.

Con información de EL PAÍS.