En enero de 2020, una mujer de cuarenta y siete años publicó un libro de doscientas páginas que destruyó en días la reputación de uno de los escritores más celebrados de Francia.

Era la novela de su vida.

Vanessa Springora tenía catorce años cuando Gabriel Matzneff, 

que tenía cincuenta,

 empezó a esperarla en la puerta de su colegio.

Treinta años después lo escribió.

Y lo que encontró al escribirlo no fue solo la historia de lo que le había pasado a ella. 

Fue la historia de cómo un sistema intelectual entero había hecho posible que le pasara, 

lo había celebrado mientras ocurría, 

y había destruido a la única persona que se atrevió a decir algo en público.

Eso es lo que hace a

 «El consentimiento»

 un libro que va mucho más allá de una víctima y un victimario.

Para entender lo que Springora hizo hay que entender primero lo que encontró cuando llegó a ese mundo.

Acompañarme a París, 

mediados de los años ochenta.

Vanessa tiene trece años. 

Sus padres están divorciados. 

Su madre trabaja en el mundo editorial. 

Una noche la lleva a una cena de intelectuales.

Ahí está Gabriel Matzneff.

Tiene cincuenta años. 

 alto, delgado, elegante. 

Habla de literatura con autoridad de alguien que ha publicado más de veinte libros,

 que aparece regularmente en televisión, cena con ministros y académicos.

 Es lo que en el mundo literario parisino se llama un gran escritor.

Y desde el momento en que ve a Vanessa no le quita los ojos de encima.

Días después empieza a esperarla en la puerta del colegio.

Le escribe cartas.

La sigue por el barrio.

Vanessa tiene catorce años cuando empieza la relación sexual.

Lo que hace el libro de Springora que muy pocos textos sobre abuso han hecho antes es reconstruir con precisión el mecanismo del grooming, 

[ proceso de manipulación gradual mediante el cual un depredador convierte a una niña en alguien que cree que quiere lo que le están haciendo.]

Matzneff no la violentó. 

La sedujo.

Con el poder de las palabras, la literatura, la promesa de ser vista y comprendida por alguien extraordinario, 

Y crear en una adolescente de catorce años la idea de que lo que ocurría era amor. Que era especial. 

Que él la elegía entre todas. 

Que su relación era diferente porque ellos eran diferentes.

Eso, 

Dice Springora y, no cede ni una página, es el mecanismo del abuso. 

No la violencia sino la manufactura del consentimiento. 

Hacer que la víctima crea que, es consiente cuando en realidad está siendo moldeada para consentir lo que el depredador quiere. [1]

Lo que vino después es lo que convierte este caso en algo que trasciende a dos personas.

Matzneff no ocultaba lo que hacía.

Lo publicaba.

Tenía ensayos, diarios, novelas donde describía con detalle sus relaciones sexuales con niñas y niños y, aunque acá solo llega una sola traducción (la cual leí para seguir el hilo por mí cuenta… Tiene muchos libros, lo llaman prolífico)

En entrevistas con su editora en el documental que vino después dijo ( parafraseo): si escritura era superior a cualquiera que llegaba.

Ahí describía encuentros…

Con adolescentes filipinos de ocho años, según sus propios textos. 

Con chicas de doce, trece, catorce años en París.

 Lo describía con la prosa de quien celebra una conquista estética.

Y el mundo literario francés se lo celebraba.

En 1977, 

Matzneff redactó una carta 

[ la dichosa carta que manchó o puso al descubierto a los intelectuales y todavía me sorprende, supe de la carta por este libro] 

La cartera abierta publicada en 

«Le Monde» pidiendo la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y menores de quince años, 

en defensa de tres hombres condenados por a()buso se()xual a niños de doce y trece años.

La firmaron Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Roland Barthes, Gilles Deleuze, Michel Foucault, Jacques Derrida, Félix Guattari, Philippe Sollers y decenas más.

El pretexto o argumento que usaron fue que los menores tenían capacidad para consentir y que la ley los estaba reprimiendo se()xualmente.

Ese argumento era mentira, 

pero tenía el peso de los nombres más importantes del pensamiento francés del siglo XX detrás.

Y esa mentira le dio cobertura intelectual a Matzneff durante décadas.

En 1990, 

Matzneff apareció en el programa de televisión más influyente de Francia sobre libros, 

«Apostrophes», 

conducido por Bernard Pivot.

Habló de sus conquistas con niñas y niños con la ligereza con que se podría hablar de un viaje a Italia.

Todo el panel rió.

Excepto una persona (mis respetos). Me pongo a pensar en ese momento como la excepción a la regla, alguien que cuando el grupo te dice que una carpeta roja es verde no sucumbe y afirma que es roja.

Denise Bombardier,

 escritora y periodista canadiense,

 dijo en vivo que en su país Matzneff ya estaría en la cárcel.

 Que la literatura no puede ser un alibí para el crimen. 

Que lo que describía no era libertad sexual sino a()buso de menores.

Al día siguiente un escritor francés declaró públicamente que no entendía por qué Matzneff no le había dado una bofetada en el programa.

Dos semanas después Philippe Sollers, 

editor de Matzneff en Gallimard,

 la llamó en televisión una pe()rra que necesitaba que alguien se acostara con ella.

Josyane Savigneau, 

encargada de la sección literaria de «Le Monde»,

 la ridiculizó por su provincianismo:

 descubrir en 1990 que chicas de quince años tienen relaciones con hombres treinta años mayores, 

escribió,

 no era para tanto.

Bombardier pasó años siendo señalada como una reaccionaria moralista que no entendía la libertad francesa.

Treinta años después Vanessa Springora le agradeció en el libro haber sido la única en decir algo.

Después de la relación con Matzneff, que duró un año y que él documentó en sus propios diarios con los datos suficientes para que cualquiera pudiera identificar a Vanessa aunque usara sus iniciales,

 la vida de Springora fue durante años lo que los especialistas en trauma describen como una existencia fragmentada.

Relaciones difíciles. 

Dificultad para confiar.

 La sensación de que algo fundamental había sido alterado en ella antes de que pudiera entender qué era.

Y,

 sobre todo:

 la certeza de que lo que había vivido estaba escrito. 

Publicado, disponible en librerías y que Matzneff la había convertido en personaje de sus libros sin pedirle permiso,

 había usado su imagen, cartas, cuerpo, como material literario.

La pregunta que la obsesionó durante años fue esta: 

cómo se le arrebata a alguien la narración de su propia vida?

La respuesta que encontró fue la única que funcionaba: 

escribiendo su propia versión.

«El consentimiento» se publicó el 2 de enero de 2020.

En dos días era bestseller.

En una semana el mundo literario francés estaba en estado de shock.

Gallimard, 

la editorial más prestigiosa de Francia y editora histórica de Matzneff durante treinta años, 

retiró todos sus libros de las librerías. 

Los otros dos editores hicieron lo mismo. 

Se le revocó la pensión vitalicia que recibía del Estado.

 El gobierno francés anunció que implementaría una edad mínima de consentimiento de quince años, 

algo que Francia no tenía de manera explícita en su código penal.

El fiscal de París abrió una investigación por vi()olación de menores de quince años.

El problema era la prescripción.

Los hechos que Springora describía habían ocurrido hacía treinta y cinco años.

 Estaban prescritos.

 La investigación no podía proceder contra ella como víctima. 

Otras víctimas que se sumaron después tampoco pudieron obtener condena porque sus casos también habían prescrito.

Matzneff, 

que tiene hoy ochenta y ocho años,

 nunca fue condenado. [2]

Pero lo que el libro hizo que ningún tribunal podía hacer fue nombrar el mecanismo.

No solo lo que Matzneff hizo a Springora.

Lo que el sistema literario francés hizo posible durante décadas.

Los intelectuales que firmaron la petición de 1977 no eran monstruos. 

Sino personas que tomaron una idea genuina,

 la liberación sexual como herramienta de emancipación, 

y la extendieron sin pensarlo hasta incluir algo que no tenía nada que ver con la liberación: 

el derecho de los adultos a «acceder» se()xualmente a los cuerpos de los niños.

El error intelectual fue enorme. 

Las consecuencias fueron reales.

Y la cobertura que esa ideología le dio a Matzneff durante décadas convirtió a cada persona que firmó, 

que aplaudió, publicó, que invitó a programas de televisión,

 en parte de un sistema que protegió a un depredador mientras documentaba públicamente lo que hacía.

Sartre había muerto en 1980. 

Beauvoir en 1986.

 Barthes en 1980. 

Foucault en 1984.

No pudieron ser interpelados.

Pero sus firmas están en el documento.

Qué se hace con eso?

Se separa la obra del acto de haber firmado esa carta?

O ese acto forma parte también de la obra, 

de la manera en que esos pensadores tradujeron sus ideas a decisiones concretas en el mundo real?

No hay respuesta limpia. 

 Springora no pretende darla. 

Pero sí planta la pregunta y no puede ser ignorada. [3]

Springora hoy dirige las Ediciones Julliard, 

una de las casas editoriales más importantes de Francia.

 misma editorial que publicó por primera vez el ensayo de Matzneff sobre las relaciones con menores de dieciséis años.

La ironía es la forma en que Springora entiende su propio lugar en la historia: 

«no como víctima que se retiró del mundo que la dañó sino como alguien que eligió quedarse en ese mundo y cambiarlo desde adentro».

El libro fue adaptado al cine en 2023,

 dirigido por Vanessa Filho.

Matzneff sigue libre. 

Sigue negando la versión de Springora. 

Sigue diciendo que lo que hubo entre ellos fue amor.

En septiembre de 2022 fue visto en una recepción en los jardines de Gallimard.

Gallimard dijo que no lo había invitado.

Matzneff dijo que en Gallimard estaba en su casa.

Lo que «El consentimiento» dejó instalado en el debate público francés y europeo no es solo la historia de Springora.

Es una pregunta sobre los límites de la autonomía intelectual.

Sobre qué ocurre cuando una cultura convierte la transgresión en valor en sí mismo, 

sin preguntarse quién paga el costo de esa transgresión.

Sobre qué significa que los pensadores más importantes de una generación puedan firmar un documento pidiendo que los adultos tengan acceso sexual a los cuerpos de los niños y que eso no arruine sus carreras, 

no sea incluido en sus biografías, 

no sea señalado en los programas de estudio donde su obra se enseña.

La libertad de quién.

A costa de quién.

Esas son las preguntas que el libro hace y que la prescripción legal no puede responder.

Con información de La broma infinita  


[La investigación judicial abierta en Francia contra Matzneff en febrero de 2020 fue cerrada en sus aspectos relacionados con las víctimas que se identificaron públicamente porque los hechos estaban prescritos. Sin embargo, 

la investigación continuó buscando víctimas para quienes los hechos pudieran no estar prescritos.

 En agosto de 2022 Matzneff fue confrontado en audición libre con todos los elementos reunidos. La investigación seguía abierta al momento de los últimos informes disponibles. 

La ley francesa que establece en quince años la edad mínima de consentimiento fue aprobada en 2021, 

directamente como consecuencia del escándalo generado por el libro de Springora y por el caso de Olivier Duhamel, descrito en el libro «La familia grande» de Camille Kouchner, publicado también en 2020.

No hay conclusiones… Solo resignación, por lo menos ella hizo algo.

……

Fuentes

Springora, V. (2020). «Le Consentement». Grasset. [Ed. española: «El consentimiento». Lumen, 2020]

White, E. (1993). «Genet: A Biography». Alfred A. Knopf.

Kouchner, C. (2021). «La familia grande». Anagrama.

Wikipedia. (2025). «Vanessa Springora». 

Wikipedia. (2025). «Gabriel Matzneff». 

Wikipedia. (2025). «French petitions against age-of-consent laws». 

France 24. (2019). «New book accuses acclaimed French author of childhood sexual abuse». 

Morrey, D. (2022). «Vanessa Springora, Gabriel Matzneff and the Problem of Consent». Nottingham French Studies.

Public Books. (2021). «France and the Question of Consent».