Por Diana Barreto
La mujer que confundió resistir con ser fuerte es un ejemplo de aquellas personas que confunden tener el umbral del dolor alto con fortaleza, porque a menudo es más bien relacionado con una antigua estrategia de supervivencia.
Fue una niña que aprendió a recogerse.
Que entendió, sin que nadie se lo explicara, que había asuntos más urgentes que su llanto.
Adultos ocupados.
Preocupaciones densas.
Silencios que pesaban más que sus rodillas raspadas.
Entonces se hizo pequeña.
Moderó el gesto.
Afinó la lágrima.
Domesticó la queja.
Si lloraba, exageraba.
Si pedía, incomodaba.
Si insistía, era demasiado.
Un día dejó de pedir.
Pero no dejó de sentir.
Aprendió a no esperar compañía cuando dolía.
El cuerpo, sabio y obediente,
aprendió a funcionar herido.
A caminar con espinas. A sonreír con fiebre. El dolor dejó de ser señal de pausa y se convirtió en hábito.
Creció mirando mujeres que resistían
Una madre que apretaba los dientes.
Una abuela que guardaba el temblor en la garganta.
Pensó que así se habitaba lo femenino: en silencio, sin interrumpir, sin estorbar con lo que arde.
Y siguió.
Con vientres que se contraían como tormenta y ella de pie.
Con partos donde la soledad era más grande que el miedo y ella agradeciendo.
Con amores que lastimaban y ella comprendiendo.
Porque sabía aguantar.
La llamaron fuerte.
Y ella hizo de esa palabra su identidad.
Hasta que comprendió
que aquella fuerza nació
el día en que nadie sostuvo su dolor
y ella decidió sostenerse sola.
Ser resistente la volvió eficaz,
confiable, imprescindible.
Pero la fue alejando del límite sagrado.
Porque cuando el dolor deja de escucharse, también se apaga el “basta”.
El “esto no”.
El “merece algo distinto”.
El cuerpo siempre habla.
Primero como brisa.
Luego como oleaje.
Y si no lo atendemos,
se convierte en marea que arrasa.
Tal vez no eres fuerte.
Tal vez solo te acostumbraste a sobrevivir.
Y hoy, con la misma dignidad con la que aprendiste a soportar,
puedes aprender algo más profundo:
Que tu dolor no es un estorbo.
Es una brújula.
Y escucharla
es el acto más delicado
y más valiente
de amor hacia ti.
Diana Barreto
Si este texto te confronta, en El dolor que no te pertenece desarrollo cómo el cuerpo y la historia familiar nos enseñan a soportar lo que no era nuestro, no todo lo que duele comenzó contigo.
Adquiérelo si estás lista para dejar de llamar fortaleza a lo que fue supervivencia.
INFORMACION.
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