La literatura de Cristina Rivera Garza lleva años empeñada en algo tan sencillo, y tan incómodo, como buscar la verdad allí donde la justicia no llega.

Con El invencible verano de Liliana, la novela con la que obtuvo el Pulitzer, la autora mexicana convirtió la vida y el asesinato de su hermana en un archivo de memoria activa. Ahora, su adaptación teatral llegó a Madrid, y la escritora insiste en una idea que conmueve por su lucidez: “Contar una historia también es una forma de denuncia”.

Sabe de lo que habla. En México, donde cada día son asesinadas mujeres cuyos nombres rara vez alcanzan un expediente digno, narrar es casi un acto de supervivencia.La vida arrebatada, reconstruida.

El libro nació de un duelo que no terminó en 1990, cuando Liliana fue asesinada por su expareja. Rivera Garza lo reconstruye a partir de fragmentos: cartas, cuadernos, declaraciones, recuerdos. No idealiza: busca, rastrea y, a ratos, se quiebra. El resultado es una forma híbrida que desborda la etiqueta de “novela” y se mueve entre la investigación periodística, la escritura del yo y el ensayo sobre la violencia estructural. El Pulitzer no premió solo una obra literaria: premió la perseverancia por rescatar una vida que el sistema había archivado con desgana.

Del papel al escenario: la presencia que falta

La adaptación teatral, una idea que la autora vio con naturalidad, como quien entiende que la memoria necesita cuerpo, traslada la historia de Liliana al terreno donde las voces se vuelven físicas. Sobre el escenario, los objetos y los documentos cobran peso. Las palabras de Liliana ya no se leen: se escuchan. La obra es un recordatorio de que el feminicidio no es una estadística, sino una ausencia devastadora.

Rivera Garza: escritora, archivista, testigo

Conviene recordar que Rivera Garza no escribe desde el púlpito académico, sino desde un compromiso radical con la memoria. Su trabajo literario, desde hace dos décadas, dialoga con el archivo de la violencia en México, cuestiona la impunidad y se opone a la desaparición —esa otra forma de asesinato lento. En Madrid, defendió que la escritura es una herramienta pública. No una consigna, sino una resistencia: dar nombre a las víctimas y exigir que la historia deje constancia allí donde el Estado calla.

México y la herida que no cierra

El feminicidio de Liliana no es excepcional: esa es la tragedia. México arrastra cifras insoportables y un sistema judicial que no avanza ni a trompicones. La novela y la obra teatral no pretenden dar lecciones, pero sí exponen el tamaño del agujero. Rivera Garza no convierte a su hermana en símbolo, aunque inevitablemente lo sea. La trata como lo que fue: una joven brillante, creativa, con proyectos, con amores y con un verano invencible que alguien decidió apagar.

Un teatro que reclama nombres

El montaje entiende que el teatro es, también, un espacio político en el sentido más noble: un lugar donde el público asiste a la verdad de otro y, por un instante, la sostiene. La historia de Liliana no pide compasión, sino memoria. La obra lo recuerda sin subrayar: estamos aquí porque ella no está.

Contar para que no desaparezcan

Rivera Garza lo resume con precisión quirúrgica: contar es denunciar. No cambia el pasado, pero impide que la víctima desaparezca por segunda vez. En un mundo saturado de ruido, su literatura y su teatro se sostienen en lo esencial: mirar de frente, nombrar y no olvidar.

De acuerdo con datos de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito y ONU Mujeres, en 2024 murieron alrededor de 50 mil mujeres y niñas a manos de su pareja o de un familiar. Ello equivale a 137 mujeres cada día. Una cada diez minutos.