Por Mónica Triana, psicóloga especialista en asesoría en crianza y educación emocional.

Si un adulto nunca muestra interés por un niño, ¿por qué se espera que el niño sí lo muestre?

A raíz de la enorme conversación reciente sobre el rol de los abuelos, quiero ampliar esta reflexión porque muchos señalaron una gran verdad: la distancia emocional no aplica solo para ellos. Aplica a cualquier relación con un niño, incluso a padres o madres ausentes —o presentes sólo en un papel.

A veces creemos que el cariño es un «deber» que viene incluido en el ADN o en el apellido. Pero el afecto no entiende de títulos, entiende de experiencias; se vincula con quien estuvo ahí, con quien miró, escuchó, preguntó y volvió.

Sí, se puede amar a distancia. Hay padres que no viven con sus hijos y, aun así, construyen conexiones profundas. Hay familiares lejos que logran cercanía real. El problema aparece cuando el adulto es un desconocido en el mundo emocional del niño y, aun así, reclama confianza y cercanía “por ser familia”. Si el niño no siente esa confianza de forma natural, no es justo exigírsela por obligación.

El parentesco te asegura un lugar en el árbol genealógico, pero sólo la presencia (física o emocional) te asegura un lugar en su vida. El amor se gana, no se impone.

Por supuesto, hay una diferencia inmensa entre quien no quiere estar y a quien no lo dejan estar. Sé que existen barreras legales o conflictos que bloquean el contacto; esa es una herida diferente. Aquí me refiero a quien, teniendo la puerta abierta, elige no entrar.

Si pudieras enviarle esto a alguien, ¿a quién se lo enviarías?.


PSICÓLOGA MÓNICA TRIANA

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Especialista en Asesoría en Crianza y Educación Emocional.