Era 1944 en Francia, cuando las banderas nazis cayeron. La guerra estaba terminando, pero comenzó otro tipo de violencia. Decenas de miles de mujeres fueron sacadas de sus casas — no porque espiaran, no porque lucharan por el enemigo, sino porque habían amado, o habían sido obligadas a “amar”, a un alemán.

Lo llamaron “colaboración horizontal”.

Les raparon la cabeza. Les desgarraron la ropa y pintaron esvásticas en la piel. Además, las personas se burlaba y escupía mientras las paseaban por las calles donde, apenas unos días antes, esas mismas multitudes tenían miedo hasta de hablar.

Una fotografía quedó como símbolo de aquella escena: Una joven con la cabeza rapada, rodeada por hombres armados y una multitud, cargando a su bebé en brazos. El niño se aferra a ella, ajeno al odio que estalla alrededor.

Los que miraban gritaban: ¡traidora! Porque ignoraron una verdad incómoda que fue que muchas de esas mujeres no eran traidoras. Tenían hambre y miedo.

Eran madres intentando mantener con vida a sus hijos cuando un plato de comida podía costar más que la dignidad. Algunas fueron agredidas durante la ocupación — y luego castigadas por su propio trauma.

La rabia que no se pudo descargar contra los soldados alemanes encontró un blanco más fácil: mujeres sin poder para defenderse.

Raparlas se convirtió en un ritual nacional — una forma de que un país hundido en la vergüenza se proclamara “puro” otra vez.

La crueldad no terminó en ellas.

Los niños nacidos de esas relaciones quedaron marcados. Los llamaban “bastardos de los «boches»”. Muchos crecieron con estigma, silencios y discriminación, como si no tuvieran derecho a pertenecer.

En Europa, la historia se repitió — en Noruega, Dinamarca, los Países Bajos. Y en Alemania, el racismo ya había alimentado campañas como la llamada “Vergüenza negra” en los años 1920. La guerra se aseguró de que la inocencia no tuviera refugio.

A la historia le gustan los héroes y los villanos, pero la mayoría, en guerra, no es ni una cosa ni la otra, solo son personas tratando de sobrevivir.

Con el tiempo, Francia empezó a ver la injusticia.

Pasaron décadas — décadas — hasta que se reconociera que muchas de esas mujeres también fueron víctimas de la misma guerra que todos decían haber sufrido.

Los historiadores nos recuerdan algo esencial:

Cuando las armas callan, la crueldad de la guerra no desaparece. Solo cambia de objetivo. La liberación de Francia liberó a una nación, pero castigó a sus mujeres. No por lo que hicieron, sino por lo que la guerra les hizo.

 

Fuente: L’Histoire par l’image («Les « tondues » de la Libération», s. f.).