Formar parte de la fiesta deportiva más importante del mundo fue un sueño hecho realidad. Superó mis expectativas de principio a fin. Mis días pasaban entre aros olímpicos, atletas de élite, celebraciones, decepciones y el maravilloso ambiente de la ciudad de Río de Janeiro, Brasil. Nada que haya experimentado antes tiene comparación con lo que viví en estos Juegos Olímpicos.

Me tocó ser voluntaria en prensa y comunicación de hockey sobre pasto. Mis áreas específicas fueron la tribuna de prensa y la zona mixta. Hubo momentos en los que varios de mis compañeros y yo nos sentimos innecesarios porque la prensa que asistía a los juegos preliminares era muy poca. Afortunadamente, el número de periodistas que cubría los partidos aumentaba considerablemente mientras se acercaban las finales y pudimos estar preparados para la avalancha de periodistas que se presentaron en la final varonil con Argentina, campeón; y la femenil, con las inglesas retirando la corona a las holandesas.
Estos días tuve la oportunidad de ver con detenimiento a equipos de hockey de todo el mundo. Me quedé con la sensación de que puedes aprender mucho de la cultura de un país si observas la conducta de sus equipos representativos. El equipo femenil de China era sumamente disciplinado, y mientras otros equipos terminaban el partido e iban directo a la zona mixta, las chinas hacían un enfriamiento riguroso de aproximadamente 15 minutos. Hasta que todo el equipo estuviera listo, procedían a conceder las entrevistas.
Pude ver el profundo dolor de los alemanes cuando fueron derrotados en las semifinales por Argentina, siendo ellos los campeones olímpicos de Londres 2012. Muchos preferían no dar entrevistas y cuando algún voluntario o alguien de la tribuna aplaudía su esfuerzo, los jugadores alemanes negaban con la cabeza como asegurando que no eran dignos de aplausos ese día.
Argentina y Brasil fueron los únicos equipos latinos que participaron en el hockey. Los brasileños fueron eliminados en la primera ronda. “Los Leones” argentinos fueron campeones, y a sus compatriotas “Las Leonas” las eliminaron en cuartos. Cada partido donde ellos jugaban tenía gradas llenas. Los argentinos invadieron Río. Para nosotros los voluntarios, que también estábamos encargados de evitar que los jugadores se acercaran a la tribuna a tomarse fotos después de la zona mixta, estos partidos fueron especialmente complicados. Eran los únicos equipos a los que no les importaban ni las tiras que prohibían el paso, ni nuestros señalamientos de que no podían pasar a esa zona. Los argentinos, como buenos latinos, no se iban sin antes interactuar con su hinchada.
Además de poder ver a equipos de todo el mundo tuve la oportunidad de trabajar con gente sumamente distinta: El manager de prensa y comunicación hindú, el encargado de zona mixta argentino y el que manejaba la tribuna de prensa brasileño. Los acentos en inglés eran variados todo el tiempo. Las formas de dar órdenes y de sacar adelante el trabajo eran muy distintas, pero al final el amor por el deporte y los Juegos Olímpicos era exactamente el mismo.
Paralelo a mi experiencia como voluntaria viví los juegos como una aficionada mexicana, cuando la piel se me ponía chinita cinco y seis veces al día. Me llenaba de orgullo ver nuestra bandera en la mayoría de los estadios a los que acudí. Tuve la suerte de presenciar el nuevo récord mundial de 10 mil metros planos femenil. Escuché a Brasil celebrar en el estadio Maracaná los goles de Neymar. Vi a un niño alemán llorar por la derrota de su equipo en hockey.
Grité y me emocioné con la garra que le puso Ever Palma representándonos en la caminata. Me divertí con la rivalidad absoluta entre los brasileños y los argentinos. Suspiré cada que Ashton Eaton le dedicaba sus logros en la pista a su esposa sentada en las gradas. Canté una y otra vez el Cielito lindo con los voluntarios mexicanos cuando pasó nuestra delegación en la inauguración. Vi correr a Bolt. Vi saltar a Ivana Spanovic. Pude desearle éxito a la dupla mexicana de volibol de playa y echarle porras a Ismael Hernández rumbo a su bronce en pentatlón moderno.
Regresé de Río feliz, emocionada y muy ilusionada con las imágenes que este evento ha plasmado en mi memoria. Pude ver a gente de todo el mundo conviviendo y celebrando el deporte. Me quedo con la seguridad de que a pesar de tantas tragedias y tantas malas noticias que recibimos a diario siempre los buenos seremos más. Y por lo menos a la hora de jugar, correr, saltar o nadar no importa la raza, ni la bandera. El deporte es el único idioma universal.
Por: Claudia Olmedo Rodríguez, alumna de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.