Por Claudia Rodríguez Acosta, psicoanalista.

Finalizar un año significa muchas cosas, diciembre es un mes de festejos, reuniones y encuentros, sin embargo, también es un momento de separaciones y ausencias que mueve emociones y pensamientos no siempre agradables. Esta época confronta con el fin, es un corte en el que se hace un recuento de lo vivido, se toma conciencia de los logros y de las pérdidas, de lo que fue posible y de lo que hay que seguir buscando.

Los festejos de esta época permiten detenerse a reflexionar sobre la vida que se tiene y la que se quiere. Hay muchas personas que deciden iniciar una psicoterapia, ya que empiezan a revivir y a recordar mucho de lo que a lo largo de doce meses han evitado, han pensado que podría ser diferente, no han querido ver o simplemente no les ha parecido importante.

Esta época es de reflexión, ya que pone en evidencia lo que no ha salido ni es como se esperaba, también es un periodo de agradecimiento por los logros y los momentos felices. Las comidas y festejos permiten que la despedida sea más llevadera, y posibilitan la euforia acompañada siempre de la promesa de un nuevo año en el que todo será diferente.

En este punto habría que pensar si esos propósitos son posibles con la pura fuerza de voluntad o no, y sobretodo, antes de hacerlos, identificar qué no nos ha hecho bien en el pasado,  qué no queremos más en nuestra vida, qué no hemos podido lograr a pesar de ponerlo como un propósito cada año.

Eso es sobre lo que hay que trabajar internamente, porque las cosas no solo se logran por el hecho de desearlas y proponerlas. El fin de año pone un alto que permite continuar con una vida en la que nada cambiará a menos que así se desee y se trabaje sobre ello.

Diciembre es un buen momento para celebrar aquello que con trabajo y compromiso se ha podido lograr. También, es un tiempo para decidirse a hacer algo con aquello que no se quiere más en la vida, analizarlo con tiempo, paciencia y esfuerzo y así, tal vez, no repetirlo más.