Me pasé una estación por estar atenta a los movimientos y muecas de Damián… Damián es un niño, como de unos dos años, que viajaba en el mismo vagón del metro que yo; un nene inquieto y curioso como supongo deben ser los niños a esa edad, con una energía y un carácter que ya los define, pero a su edad pareciera desobediente y berrinchudo al no hacerle caso a su joven mamá quien en brazos cargaba a una pequeñita de unos cuantos meses de edad.

Me distraje porque un par de estaciones antes de donde debí bajarme, me senté junto a él justo cuando insistía en pararse sobre el asiento para ver las luces del túnel por donde viajábamos; en un vagón repleto de personas, su mamá impaciente sentada al otro extremo de Damián, acalorada por cargar la pañalera, una cobija, una bebé, y los juguetes del pequeño insistente, lo regañaba y amenazaba en voz baja con no comprarle más dulces en la tienda si no la obedecía.

Damián intentó comenzar a llorar, pero no lo consiguió y entonces insistió una vez más en levantarse por lo que se empezó a mover de un lado a otro en el asiento y entonces de repente me tiró una patada en la pierna, claro sin querer, entonces le sonreí y no pude más que pensar en que él no tenía la culpa de su desesperación, él también estaba acalorado y sólo quería un poco de atención de su mamá, él quería ver las luces del túnel, cosa que no podía hacer porque su mamá no podía detenerlo de pie en el asiento, ni cargarlo porque estaba cargando a otro bebé.

Qué situación tan repetitiva en estos tiempos, pensé, donde los niños como siempre, como desde que el mundo es mundo, han necesitado de la atención de los padres. Sin embargo, al tener a dos o más niños chiquitos al mismo tiempo no les pueden brindar la atención adecuada y mucho menos cuando las condiciones económicas son tan limitadas como se notaba era el caso de la familia de Damián y de Damián.

Una joven madre de no más de 20 años, literal, lidiando con dos bebés en plena hora pico, en fin de semana, en una de las líneas del metro más transitadas que llevan al centro de la Ciudad de México, en condiciones de visible pobreza, es como una fotografía de una de las tantas mujeres de entre 15 y 19 años que colocan a México en el primer lugar de nacimientos entre adolescentes con 77 alumbramientos por cada mil mujeres, entre los 34 países que integran la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).

Las campañas en medios de comunicación para evitar embarazos no deseados y en adolescentes no han sido suficientes, el año pasado el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM, indicó que 20% de los alumbramientos en el país son de adolescentes mexicanas y no disminuyen, más bien aumentan.

Al respecto, el Instituto Mexicano del Seguro Social informó que sólo siete por ciento de los adolescentes que se convierten en madres o padres cuentan con una fuente de ingreso económica, y el resto no tiene cómo mantener a su familia. Además, 80% tienen que abandonar sus estudios escolares por esta causa, lo que desemboca en obvios problemas económicos, familiares y por lo tanto sociales que comienzan con minúsculos detalles como la falta de atención de la mamá hacia Damián, las carencias, los regaños y amenazas desde temprana edad, hasta convertirse en conflictos realmente difíciles de resolver.

¿Ustedes en dónde creen que radica el problema?

¿Qué propondrían más allá de las campañas de publicidad?