Trabajar un vidrio soplado lleva tiempo, dedicación, delicadeza, inversión de tiempo y dinero. Una y otra vez hay que soplar en coordinación, con manos suaves y conocimientos de la técnica que se aprende solo repitiendo una y otra vez pieza por pieza la elegancia de un cristal.

Hay dos resultados: la belleza y transparencia del producto listo para hacer admirado por muchos o que en milésimas de segundos se reviente y quede añicos y se tire por la borda todo y comenzar de nuevo a mil 200 grados una y otra vez con rapidez para elaborar pieza por pieza.

Así de frágil, como el vidrio soplado, es la reputación y la imagen. La primera es consecuencia del tiempo en el que una y otra vez se trabaja para convencer de que es el resultado del trabajo; la segunda, es la percepción en primer plano, ambas, deben ser tratadas con una buena estrategia de comunicación.

Si no nos conocen, ¿cómo convencemos? Si no nos conocen, ¿cómo saben que existimos? La buena comunicación es moldear, una y otra vez como el vidrio, la imagen cuya fortaleza radica en los cimientos que se ha construido por largo tiempo y que gracias a la interacción con nuestro circulo cercano, clientes, amigos, familiares se logra fincar.

En imagen, debe ser la coherencia de nuestra reputación y, ésa, es la carta de presentación y proyección que queramos, pero que un falso testimonio sobre nosotros, nuestra empresa, nuestro negocio o una crisis mal manejada puede ser la punta del iceberg que fragmente, como en el vidrio soplado, nuestro andar y entonces sí, construirla llevará más tiempo con riesgos dobles de convencer y lograr recuperar lo perdido.

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