¿Por qué esperamos que los niños aprendan un “buen comportamiento” si lo que ven en casa no es así? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo aceptar como sociedad que los niños y niñas son el reflejo de lo que son su padre y madre, así como la relación entre ellos, la forma de hablarse, incluso la propia tolerancia a la frustración?  Los niños y niñas están todo el tiempo recibiendo información, observando, porque además de las palabras, son actos y formas de ser de esos adultos, los que marcan a esos niños  para que, por ejemplo, coman bien, sean empáticos con sus iguales y con cualquier ser  vivo, se duerman temprano y tengan buenos hábitos y respeten las reglas.

Pero ¿qué pasa cuando estos niños ven que su mamá no come o que come todo el día?, ¿a un padre o madre que no cumple con sus obligaciones, que no es responsable de sus actos o a un papá que toma alcohol frecuentemente y pierde el control?, o bien ¿a uno de ellos que tira la colilla del cigarro por la ventana, se pasa los altos o da mordidas?, ¿a unos papás que no arreglan sus problemas, ya sea porque evaden sus conflictos o porque se gritan y agreden o se mienten frecuentemente?

Me he percatado de la forma en la que la mayoría de las personas adultas se dirigen hacia algún mal comportamiento de un niño o niña y de lo que me doy cuenta es que hacen directamente responsable a esa personita que en realidad no sabe y no comprende muchos conceptos hasta que un adulto se los enseñe y sea persistente en ello. Es como si los niños “tuvieran que venir de fábrica” con regulación de sus impulsos integrado, conocimiento de las reglas sociales, tolerancia a la frustración bien entendida y con la comprensión del “no” en su totalidad sin que se sientan mal, me da la impresión que muchos padres y madres esperan eso, no como algo que tengan que construir ellos con esfuerzo y constancia, más  bien como algo que tiene que surgir por sentido común del niño (a).

Últimamente escucho en mi consultorio expresiones como: “¡Ay, pues es un bebé, ni cuenta se da!”, (cuando alguno de los padres está haciendo algo indebido). “Le pregunté si se quiere dormir y no quiere”, “sí, suele agarrar a su perrito como un peluche, ¡qué chistoso!”, o les parece normal que los adultos digan groserías y tiren basura, pero aconsejan a su hijo (a) no hacerlo porque está mal.

Otras conductas habituales pero erróneas de los adultos son: Ordenar a gritos: “¡No grites!”. Se quejan: “Es que se aburre con todo y no se concentra”, cuando no hay límites, ni juegos de creatividad, ni tiempo de calidad y cuando el niño (a) ve a su papá o mamá usando constantemente Internet en su celular, sin poner atención y dispersos la mayor parte del tiempo.

Me parece urgente empezar a erradicar la cultura de la corrupción y la falta de congruencia empezando por nuestro hogar ustedes, ¿qué opinan?

 

*Directora del Centro de Análisis Psicológico www.quieroconocerme.com

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