Tiene 84 años y su ánimo luce incansable. Avispada, de pequeños ojos con mirada profunda y una memoria llena de tesoros narra cómo y por qué la novela, el cuento y el periodismo se convirtieron en su mejor talante.


A través de su faceta como cuentista, Elena Poniatowska plasma sus experiencias personales y cómo percibe su alrededor dejando huella con su peculiar y excelente narrativa. Conocida por ser una periodista, novelista, Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes en 2013 y comprometida con las luchas sociales, en la Primera sesión del Ciclo de conversaciones literarias El Cuento y sus alrededores expresó “siempre participo en marchas, ando en la calle o hago entrevistas y crónicas, entonces cuando me invitaron a hablar de mis cuentos me sentí como un pavorreal, porque es una de las cosas más bonitas que me han pasado este año”.

¿Cómo es la relación que tienes entre el periodismo y la escritura literaria?

Me da un poco de tristeza haber hecho tanto periodismo, trabajé tanto porque fue una forma de vivir una vez que tuve a mi hijo y luego fue mi manera de aprender sobre México, porque nací en Francia vine a los 10 años de edad y a los 21 años inicié en el periodismo.

Seguí ahí porque el periodismo es adictivo es como un dicho que dice “cuando esta víbora pica no hay remedio en la botica”.

Pero me provoca cierto desencanto ver que las entrevistas y crónicas que he hecho para los diarios son como el papel periódico, duran un día y se vuelven quebradizas y amarillentas. En cambio, los libros son un enorme privilegio, porque primero hay que hacer la labor de buscar que los publiquen, ir a una editorial a dejar el manuscrito y que te digan que lo van a publicar. El primer libro que me publicó Ediciones Era fue una vez que José Luis González dio su veredicto “esto se publica mañana”. Esa expresión para mí fue un elogio.

¿Tenías contacto con otros escritores de tu época?

Conocí a Juan Rulfo antes de que publicará el Llano en llamas y fuera famoso; recuerdo a un señor gordito, enojoncito, encantador. También conocí a Carlos Fuentes antes de que publicara su primer libro de cuentos Los días enmascarados, éramos muy amigos, íbamos a las fiestas de las embajadas en la época cuando hacían bailes con vestidos largos, él me sacaba a bailar, no saben lo mal que bailaba, pero bailábamos la raspa y canciones de Pérez Prado.

En esos tiempos también tuve la oportunidad de conocer y entrevistar en una casa viejísima que afuera tenía un letrero que decía “Se vende huevo”, al escritor Efrén Hernández.

¿Cómo empezaste a escribir tus primeros cuentos?

Casi todos surgen de un suceso real. Y otros tienen que ver con un estado de ánimo. Me siento muy a gusto escribiendo cuentos se me hace muy fácil relacionarme conmigo misma y con mi vida y mi familia, mucho más que en la novela. Ahorita estoy trabajando sobre los Poniatowski, sobre el Rey Estanislao Augusto Poniatowski una historia que es del siglo XVIII. En el cuento hay mucho deseo de entregar algo que es tuyo y que quieres compartir.

Retomando el cuento Canto Quinto de tu libro Hojas de Papel Volando donde haces referencia a las dificultades en el amor ¿qué plasmas en esa historia?

Que las mujeres giramos en torno al amor. Cuando somos jóvenes sucede mucho y cuando tienes 84 también, entonces es algo sumamente duradero, importante a lo largo del tiempo y de la vida.

En ese cuento también narro que es muy difícil un amor feliz. Por ejemplo, ¿tú estás felizmente casada? No te pregunto por discreta… ¿quién es muy feliz en el amor?

¿Planteabas un esquema antes de escribir un cuento?

No, todo lo he hecho espontáneamente, según los sentimientos. Todo lo que hice giró en torno a un trabajo muy constante. Y que sigue siendo el mismo, sigo publicando entrevistas domingo tras domingo y entre semana. Como diría el escritor y periodista Vicente Leñero es una especie de talacha de llantas ponchadas… y de hombres y mujeres ponchadas también, situaciones políticas ponchadas y un país súper ponchado.

¿Qué tanto te involucras en el trabajo de corrección?

Eso de escribir, corregir, cambiar y volver a escribir es algo que compartimos mucho (los escritores) Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y yo. De los tres soy la menos peor, porque por ejemplo a Monsiváis le llevaban lo que le llaman las últimas planas antes de imprimir y todavía escribía y corregía, de verdad era el azote en todas las editoriales.

José Emilio Pacheco corregía todo con letra de molde y con mayúsculas. Cuando escribía un libro y salía la primera edición yo le decía: —¡qué maravilla! —Y él respondía —ya no lo quiero publicar porque a mí no me gustó—.

¿Qué opinas de la crítica literaria en México?

Cuando inicié mi carrera como escritora había poca crítica literaria, como la hay ahora, es una de las grandes fallas, también lo decía mucho Octavio Paz. Tenemos a Christopher Domínguez quien es un escritor buenísimo. Pero la falta de crítica literaria también nos entristece y decepciona porque mucho de lo que escribimos cae en el vacío, por los pocos lectores que hay en México.

Otra carencia en la literatura es que si ahora se sabe poco de lo que significa escribir, antes no se sabía nada del trabajo que cuesta hacerlo, de las fajadas que tiene uno que darse frente a una hoja en blanco, mientras afuera suceden miles de cosas, tú estás encerrado exprimiéndote y sufriendo; bueno, salvo Carlos Fuentes quien dijo que escribía con un sólo dedo y con gran felicidad.

Reconozco que el periodismo me da ventaja, porque en un periódico tienes que escribir con agilidad para entregar en un muy corto tiempo un texto, aunque al día siguiente lo lees y piensas que pudo ser mejor de lo que lo hiciste, pero finalmente lo ves como un oficio que lo haces con la mejor voluntad.

¿Qué significa ser escritora en un país donde la mayoría son varones?

Sí hubo la complicación de que por ser mujer era más complicado publicar y de que mis textos fueran comentados; la hubo y la sigue habiendo, incluso el rechazo a la mujer que haga cualquier cosa que no sea algo relacionado a las labores del hogar. Por ejemplo, mis papás cuando inicié en el periodismo decían que quien aparecía en el periódico era porque quería vender y vender algo era horripilante para ellos.

También recuerdo que cuando Octavio Paz ganó el Premio Novel de Literatura, Elena Garro me preguntó en una ocasión —¿sabes por qué Octavio ganó el Premio Nobel?— Le respondí—no Elena por qué—.

Y airosa respondió —porque fui un gran caballero y le cedí el paso—. Pensé, qué bueno que ella tenga esa idea rimbombante totalmente distorsionada de sí misma, pero desde luego ella decía siempre cosas que llevaban su aguijón.

¿Cómo los recuerdos vienen a la memoria como una forma de narrar una historia o un relato?

Por ejemplo, un cuento en el que los muebles se convierten en personajes. Los muebles en general son de madera, por lo tanto, tienen algo de bosque, los muebles antiguos son considerados tesoros, como los espejos. En mi familia los muebles eran tan importantes que cuando una vez me enamoró un muchacho, una tía muy estimada me dijo —pero no te puedes casar con él que no te das cuenta que no hace juego con nuestros muebles—.

Entonces me di cuenta que teníamos que poner a los muebles en primer lugar de la vida y así comenzó un cuento.

Las palabras que no le gustan a Elena Poniatowska son: sin embargo, no obstante y de lleno. “Son palabras que me parecen horribles, espeluznantes porque no me dicen nada. Nunca las escribo en los libros”.

Si apareciera el genio de la lámpara maravillosa, la petición de Elena Poniatowska sería “que me deje sabiendo todo lo que sé ahora pero que me quite unos cuarenta años”, respondió con una amplía sonrisa.

La conversación estuvo a cargo del escritor Geney Beltrán Félix en el Centro Cultural Elena Garro.

 

El cuento y sus alrededores continuará   

El ciclo El cuento y sus alrededores continuará el 6 de julio con Héctor Manjarrez, y el 13 de julio el invitado será Juan Villoro. Verónica Murguía conversará sobre sus aportaciones el 20 de julio y el 27 del mismo mes Enrique Serna cerrará el ciclo dirigido a todo el público.